Nota
de SalomónLucas, para esta página: Los
libros y archivos señalados en esta página tienen una
información adecuada, para los estudiosos del Tarot, como
Escuela Iniciática, esto significa, que estos libros reunen
una información interesante, para comprender el significado de
los Arcanos del Tarot y sacarle el máximo rendimiento, en su
estudio y sus aplicaciones. El Tarot estudiado en esta Web es un
camino, en símbolos, arquetipos o arcanos, para comprender el
camino evolutivo del Hombre, como Ser Humano y facilitar su proceso
evolutivo individual, también, para el desarrollo de los
poderes mentales... Los arcanos del “10 al 22”
corresponden al ciclo de madurez y se necesita una meditación
más profunda, para llegar a comprender los poderes y valores
del espiritu.
El
siguiente libro con el número “20” representa
información adecuada, para comprender el arcano “XX”
El Juicio, que es el principio del equilibrio o la Verdad de todas
las cosas y tareas...
EL
QUINTO EVANGELIO “SEGÚN LA
CRÓNICA DEL AKASHA” NOTA DEL TRADUCTOR
A
la pregunta: ¿Quién es el autor del Quinto Evangelio?,
habrá que responder: He aquí otro resultado de la
investigación espiritual de Rudolf Steiner, fundador de la
ciencia espiritual de orientación antroposófica. La
eterna Crónica del Akasha, la "Memoria del Universo",
es la fuente de lo que en estas conferencias se expone como
conocimiento que confirma y amplía, a la vez, el contenido de
los cuatro Evangelios del Nuevo Testamento. Estas conferencias fueron
pronunciadas (en 1913) para un auditorio exclusivo de miembros
de la Sociedad Antroposófica. Pero se expresa, en la primera
de ellas, que el contenido de este "Quinto Evangelio" es de
singular importancia para el tiempo presente, por lo que se
justifica e incluso debe considerarse necesario darle amplia
difusión, haciéndolo conocer a la humanidad en
general. A este Evangelio, Rudolf Steiner también lo
llamó EL EVANGELIO DEL CONOCIMIENTO. Todo el texto se basa en
apuntes taquigráficos que luego fueron dados a publicidad sin
revisión previa por parte del autor.
“PRIMERA
CONFERENCIA”
Creo
que, con respecto al tiempo en que vivimos, es de peculiar
importancia el tema sobre el cual voy a hablar en este ciclo de
conferencias. Ante todo, deseo poner en claro que el haber
elegido semejante tema no se debe, en absoluto, al afán de
producir sensación, ni cosa parecida. Pues espero poder
mostrar que, en un sentido de singular importancia para el
tiempo presente, se justifica hablar de un quinto Evangelio, y que
para lo que ello significa, la denominación "El Quinto
Evangelio", es, efectivamente, la más apropiada.
Este Evangelio aún no existe - como se explicará - como
documento escrito; pero en tiempos venideros de la humanidad,
seguramente existirá en bien definida forma escrita. Mas
en cierto sentido también se podría decir que el
quinto Evangelio es tan antiguo como los otros cuatro
Evangelios. Para poder hablar sobre este tema es preciso
contemplar, a modo de introducción, algunos puntos que
son tan importantes como necesarios para la plena comprensión
de lo que ahora queremos llamar el Quinto Evangelio. Al respecto,
quisiera partir de que con toda seguridad acerca el tiempo en que
desde la enseñanza primaria y en el marco de la más
simple instrucción, la ciencia que comúnmente se llama
historia, se enseñará de un modo algo distinto de
como hasta ahora se había enseñado. En cierto
sentido, este ciclo de conferencias nos dará la prueba de
que en la historiografía del futuro e incluso en la historia
más elemental, el concepto y la idea acerca del Cristo
serán de mucho más importancia que hasta ahora. Sé
que, en realidad, con este aserto digo algo totalmente paradójico.
Tengamos presente que en tiempos pasados, no muy lejanos, un
sinnúmero de hombres, incluso de los más cultos de los
países occidentales, dirigían hacia el Cristo el
corazón y el sentimiento, de una manera mucho más
intensa que ahora. Quien pase revista a la literatura actual, quien
reflexione sobre lo que principalmente interesa al hombre de nuestra
época y lo que más hondamente le habla al corazón,
tendrá la impresión de que van disminuyendo el
entusiasmo y la emoción por las ideas acerca del Cristo,
principalmente en las personas que pretenden pertenecer a los
que poseen cierta cultura conforme a nuestra época. A pesar de
ello, y según lo que acabo de expresar, hemos de esperar que
nuestro tiempo esté en camino para dar en el futuro mucho más
importancia que hasta ahora, a las ideas sobre el Cristo, dentro de
la historiografía universal. ¿No hay en ello,
aparentemente, una absoluta contradicción? Acerquémonos
ahora desde otro punto de vista a este problema. En muchas
conferencias del pasado, incluso en esta ciudad, he hablado sobre el
significado y el contenido de las ideas concernientes al Cristo;
y en muchos libros, como resultado de la ciencia espiritual, se ha
publicado lo expuesto sobre los secretos de la entidad del
Cristo. Quien estudie el contenido de esos libros llegará a
decirse que para la plena comprensión de la entidad de Cristo
hace falta un vasto conocimiento, y que se debe partir de los más
profundos conceptos e ideas para elevarse a la verdadera
comprensión de la naturaleza de Cristo, como asimismo del
impulso de Cristo que obró a través de los siglos. En
cierto modo podría pensarse que primero hay que conocer toda
la antroposofía para ascender a la correcta idea de la
naturaleza del Cristo. Empero, si examinamos la evolución
espiritual en el curso de los siglos, se nos presenta, de siglo en
siglo, la extensa y honda ciencia dedicada a comprender la venida y
la obra de Cristo. A través de los siglos, la humanidad
recurrió a las más altas y más importantes
ideas con el fin de comprender al Cristo. Por eso podría
parecer que sólo las más importantes actividades
espirituales podrían conducir a la comprensión de
la naturaleza del Cristo. ¿Pero, es efectivamente así?
Una muy sencilla reflexión puede darnos la prueba de que no es
así. Coloquemos, por decirlo así, sobre una balanza
espiritual todo aquello de erudición y ciencia e incluso la
antroposofía; todo lo que hasta ahora ha contribuido a la
comprensión del concepto y la naturaleza del Cristo.
Coloquémoslo sobre uno de los platillos de la balanza
espiritual; y sobre el otro platillo todos los sentimientos
profundos, todos los impulsos en el alma de los hombres que a
través de los siglos se dirigieron hacia la entidad que
llamamos el Cristo; y se verificará que todo cuanto la
ciencia, la erudición y hasta la antroposofía pueden
contribuir a la explicación de la naturaleza del Cristo,
bruscamente hace subir el platillo; y que los profundos sentimientos
e impulsos que la humanidad dirigió hacia la entidad y el
mundo de Cristo, hacen bajar hondamente el otro platillo. Sin
exagerar, podemos afirmar que la esfera del Cristo influyó
enormemente sobre la humanidad, y que el mero saber de lo que es el
Cristo ha ejercido el menor efecto en tal sentido. Verdaderamente,
la posición del cristianismo hubiera quedado muy poco
favorable si las gentes, para apegarse al Cristo, hubieran tenido que
basarse en las doctas disquisiciones de la Edad Media, de los
escolásticos y de los eruditos eclesiásticos, o también
en lo que la antroposofía contribuye al conocimiento
acerca del Cristo. Muy poco podría alcanzarse con todo
ello. Estimo que quien considere objetivamente el devenir del
cristianismo en el curso de los siglos, nada podrá objetar a
estos pensamientos. Pero acerquémonos, además, a ellos
desde otro punto de vista. Remontémonos a los tiempos
precristianos. Basta recordar lo que es de pleno conocimiento de
la mayoría de los aquí presentes: que la antigua
tragedia griega, principalmente en sus formas primitivas, al
caracterizar al héroe divino, o bien al hombre en cuya alma
vivía la lucha del Dios, en cierto modo expresaba, desde el
escenario, una clara e inmediata visión del divino obrar
y tejer. Basta señalar que en la gran obra poética de
Homero teje el obrar de lo espiritual; basta nombrar las grandes
figuras de Sócrates, Platón, Aristóteles. Con
estos nombres se presenta a nuestra alma una suprema vida
espiritual en un determinado campo. Si únicamente alzamos la
vista hacia la figura de Aristóteles que vivió y obró
unos siglos antes de la fundación del cristianismo, se
nos presenta lo que en cierto sentido hasta en nuestro tiempo no ha
sido superado ni ulteriormente desarrollado. El pensamiento y el
procedimiento científico de Aristóteles son de tan
inmensa categoría que podemos afirmar que se había
alcanzado un nivel supremo del pensar humano de manera tal que hasta
ahora no se ha producido un acrecentamiento, al respecto. Por un
instante, vamos ahora a establecer una singular hipótesis
que es necesaria para la prosecución de nuestras conferencias.
Representémonos que no existiesen los Evangelios como
fuente de información sobre la figura de Cristo. Supongamos
que no existiesen los primitivos documentos que como Nuevo
Testamento tomamos en la mano. Vamos a hacer caso omiso de lo
que se ha escrito o dicho sobre la fundación del cristianismo;
sólo tomaremos en consideración el devenir del
cristianismo como hecho histórico, lo que sucedió
en la humanidad en el transcurso de los siglos poscristianos.
Vamos a considerar lo que realmente sucedió, sin recurrir a
los Evangelios, a Los Hechos de los Apóstoles, ni a las
Epístolas de San Pablo, ¿Qué es lo que
sucedió? Si empezamos por fijar la vista en el Sur de Europa,
tenemos una época de la más alta cultura espiritual
humana, cuyo representante fue Aristóteles, a quien
acabamos de nombrar; vida espiritual altamente desarrollada que
en los siglos subsiguientes tuvo un singular cultivo. En la época
en que el cristianismo comenzó a tomar su camino por el mundo,
hubo en el Sur de Europa muchos hombres, de cultura griega; hombres
que habían adherido a la vida cultural griega. Si
examinamos el desarrollo del cristianismo hasta Celso, célebre
por sus ataques contra, el cristianismo, y, más tarde, en
el segundo y tercer siglo poscristianos, hay en el Sur de Europa, en
las penínsulas greca e itálica, hombres de la más
alta cultura espiritual, numerosos hombres que habían acogido
las sublimes ideas de Platón; hombres cuya sagacidad fue como
la continuación de la de Aristóteles; espíritus
finos y fuertes de la cultura griega; romanos de cultura griega,
que a la sutileza del espíritu helénico añadieron
lo agresivo y personal del romanismo. En este mundo penetra el
impulso del cristianismo, al que para aquel tiempo puede
caracterizarse como sigue: en cuanto a la intelectualidad y al tesoro
del saber, los representantes del impulso cristiano de aquel tiempo,
comparados con la cultura de numerosos hombres romano - griegos,
aparecen verdaderamente como gente inculta. En el mundo de madura
intelectualidad, se introducen hombres sin cultura. Y allí
se nos presenta un singular espectáculo: esas gentes de
naturaleza sencilla, los portadores del primitivo cristianismo,
extienden este cristianismo en el Sur de Europa, con relativamente
gran rapidez. Si ahora, con lo que por la antroposofía nos es
posible comprender, consideramos a esos hombres de natural sencillo
que en aquel tiempo difundieron el cristianismo, podemos
decirnos: esas gentes sencillas no comprendían nada de la
naturaleza de Cristo: -no hace falta pensar en la gran idea cósmica
de Cristo; podemos pensar en ideas mucho más simples- aquellos
portadores del impulso cristiano, colocados en la altamente
desarrollada cultura griega, no comprendían absolutamente
nada de todo aquello. Nada poseían para contribuir al
escenario de la vida grecorromana, sino únicamente su
interioridad personal, la que habían desarrollado en sí
mismos como su afecto personal al Cristo amado; pues le tenían
este afecto como si se tratara de un miembro de una familia amada.
Los que dentro del helenismo y el romanismo enraizaron el
cristianismo, que hasta nuestro tiempo ha seguido desenvolviéndose,
no eran teósofos cultos, ni intelectuales en general. Los
teósofos cultos de aquel tiempo, los gnósticos, se
habían elevado, por cierto, a sublimes ideas sobre el
Cristo, pero no pudieron dar otra cosa que aquello que debemos poner
sobre el platillo que sube bruscamente. Si todo hubiese dependido de
los gnósticos, es seguro que el cristianismo no hubiera
tomado su camino por el mundo. No fue una intelectualidad
particularmente desarrollada lo que desde el Este penetró y
con cierta rapidez causó el hundimiento del helenismo y
romanismo antiguos. He aquí el aspecto que se presenta
por un lado. Considerado por el otro, tenemos los hombres de alto
nivel intelectual; empezando con Celso, el enemigo del cristianismo,
quien ya en aquel tiempo exponía todo lo que hasta hoy se
suele aducir; hasta el filósofo en el trono, Marco Aurelio.
Fijemos la mirada en los neoplatónicos de fina cultura quienes
entonces expresaban ideas, al lado de las cuales la filosofía
actual es de muy poca substancia. En su nivel y amplitud de horizonte
eran ideas muy superiores a las de nuestro tiempo. Pero si
miramos lo que esos filósofos sostenían contra el
cristianismo, y lo mismo lo que en espíritu griego y romano
aquellos hombres de alto nivel intelectual aducían desde
el punto de vista de la filosofía griega, se nos da la
impresión de que todos ellos no comprendían el impulso
de Cristo. Vemos que el cristianismo va extendiéndose debido a
portadores que no entienden nada de la naturaleza del cristianismo, y
es combatido por una alta cultura que no es capaz de comprender la
significación del impulso de Cristo. Curiosamente, el
cristianismo viene al mundo de manera tal que ni adictos, ni
adversarios llegan a comprender su verdadero espíritu. Y
sin embargo, hubo hombres dotados de la fuerza del alma para
hacer triunfar en el mundo el impulso de Cristo. Si pasamos a los
que, como Tertuliano, con cierta grandeza se consagraban a defender
al cristianismo, vemos en él a un romano quien, si nos
fijamos en su modo de hablar, es el cuasi-creador de una nueva lengua
romana; un hombre que por su acierto en el uso vivo de las
palabras, se nos presenta como una personalidad importante. No
obstante, si nos preguntamos ¿qué hay detrás de
las ideas de Tertuliano?, resulta que todo cambia. Descubrimos que en
verdad posee bien poco de intelectualidad y nivel espiritual:
los que defienden al cristianismo tampoco contribuyen mucho.
Pero semejantes personajes como lo fue Tertuliano, a cuyos argumentos
los griegos cultos no daban mucho crédito, de todos modos,
por su actuar, ejercían influencia. Por algo Tertuliano
influía en forma irresistible; pero ¿debido a qué?
He aquí lo importante. Seamos conscientes de que aquí
realmente surge una pregunta. ¿A qué se debe que van
influyendo sobre la evolución, los portadores del impulso
de Cristo, si ellos mismos entienden poco de la naturaleza del
impulso de Cristo? ¿A qué se debe que van influyendo
los Santos Padres, incluso Orígenes, quienes dan la impresión
de que les falta habilidad? ¿Qué es lo que de la
naturaleza del impulso de Cristo ni la cultura grecorromana es capaz
de comprender? Pero demos otro paso más. El referido fenómeno
se nos presenta en forma más acentuada si consideramos la
historia. Vemos llegar los siglos en que el cristianismo va
extendiéndose dentro del mundo europeo, entre pueblos
como, por ejemplo, los germánicos, que habían tenido
cultos religiosos muy distintos; pueblos aparentemente
unificados por sus ideas religiosas, los cuales, no obstante acogían
con plena fuerza el impulso de Cristo, como si hubiera sido su
verdadera vida. Si miramos los mensajeros germánicos más
activos, vemos que no eran, de modo alguno, hombres de preparación
escolástico teológica. Por el contrario, eran
aquellos que de alma más bien sencilla actuaban entre las
gentes y les hablaban con ideas sencillísimas, pero
directamente al corazón, Sabían expresarse en
forma tal que sus palabras llegaban a lo más hondo del
alma de quienes los escuchaban. Eran hombres sencillos que se
dirigían a todas partes y que actuaban de la manera más
eficaz. Por un lado tenemos la expansión, del cristianismo a
través de los siglos; por otro lado admiramos que este mismo
cristianismo es motivo de importante erudición, ciencia y
filosofía. No tenemos en poco esta filosofía, pero
ahora vamos a dirigir la mirada sobre el singular fenómeno que
hasta la Edad Media, el cristianismo se difundía y se
arraigaba en el alma de pueblos que hasta entonces habían
albergado ideas totalmente distintas; y en un futuro no muy lejano,
al hablar de la expansión del cristianismo, se expondrán
otras cosas más. Cuando se habla del efecto del impulso
cristiano, el que lo oye comprenderá fácilmente que los
frutos de la expansión del cristianismo se evidenciaron en el
entusiasmo que tal expansión ha producido. Empero, si llegamos
a los tiempos modernos, parece menguar lo que a través de la
Edad Media se observa como el cristianismo en expansión.
Consideremos a Copérnico y toda la ciencia natural moderna,
hasta el siglo XIX. Podría parecer que la ciencia
natural, lo que desde Copérnico se ha infundido en la cultura
espiritual de Occidente, hubiese contrariado al cristianismo; y
hechos exteriores podrían corroborarlo. Por ejemplo, hasta la
segunda década del siglo XIX, la Iglesia Católica había
puesto en el lndex a Copérnico. Pero esto es cosa exterior que
no impidió que Copérnico fuera canónigo. Lo
mismo ocurre con Giordano Bruno que fue quemado por hereje. Ambos
habían llegado a sus ideas, basándose en el
cristianismo, y actuaban por el impulso cristiano. Mal lo
comprende quien, ateniéndose a lo que dice la Iglesia, pensase
que aquello no haya sido fruto del cristianismo. Los hechos que acabo
de exponer, dan prueba de que la Iglesia no ha comprendido bien lo
que son frutos del cristianismo. Quien considere las cosas más
profundamente reconocerá que todo lo que los pueblos
hicieron, hasta en los siglos recientes, fue resultado del
cristianismo, y que por el cristianismo el hombre llegó a
mirar desde la Tierra hacia las vastedades celestes, como lo muestran
las leyes copernicanas. Esto sólo fue posible dentro de la
cultura y por el impulso del cristianismo. Para el que considere la
vida espiritual no en la superficie sino en sus profundidades,
resultará algo que, si lo enuncio, parecerá
paradójico; no obstante, es cierto. Para la profunda
contemplación resulta que sin el cristianismo hubiera
sido imposible el surgimiento de un Haeckel, tal como él
se nos presenta, con toda su oposición al Cristo. Sin la
existencia de la cultura cristiana, no hubiera sido posible el
fenómeno de Ernst Haeckel. Y toda la evolución de
la moderna ciencia natural, por más que se esfuerce en
desarrollar oposición al cristianismo, es realmente fruto
de este mismo cristianismo, una continuación inmediata del
impulso cristiano. Cuando la moderna ciencia natural haya
superado los defectos de su primitivo desarrollo, la humanidad
llegará a comprender lo que significa que el punto de partida
de dicha ciencia, en su consecuente prosecución,
realmente conduce a la ciencia espiritual; se comprenderá que
existe un camino que consiguientemente conduce de Haeckel a la
ciencia espiritual. Esto también hará comprender
que Haeckel, si bien él mismo no lo sabe, es un genio
enteramente cristiano. Los impulsos cristianos no sólo
han producido lo que se llama, o se llamaba, cristiano, sino también
aquello que se tiene por opuesto al cristianismo. Examinando las
cosas no solamente por los conceptos sino por la realidad, se
llegará a tal convicción. En mi opúsculo
Reencarnación y Karma se expone que un camino directo conduce
del darwinismo a la idea de las vidas terrenales repetidas. Para
juzgarlo correctamente, es preciso contemplar sin prejuicios el obrar
de los impulsos cristianos. El que comprende el haeckelismo y el
darwinismo y conoce un poco lo que Haeckel no alcanzó a
conocer - Darwin, en cambio, sabía ciertas cosas - comprenderá
que el darwinismo sólo fue posible como movimiento
cristiano y que consiguientemente conduce a la idea de la
reencarnación. Quien, además, posee cierta fuerza
clarividente, llegará, por este camino, al origen espiritual
del género humano. Ciertamente, es un camino más largo
pero, con la ayuda de la clarividencia, un correcto camino que del
haeckelismo conduce a la concepción espiritual del origen
de la evolución terrestre. Pero también puede suceder
que, sin compenetrarse del principio vital del darwinismo, se lo
tome tal como hoy se presenta; dicho de otro modo: si se toma al
darwinismo como impulso, sin poseer la viviente comprensión
del cristianismo que le es inherente, se llegará a algo
extraño. Con semejante disposición anímica no se
comprenderá ni el cristianismo, ni el darwinismo; pues se
estará lejos del verdadero espíritu, tanto del
cristianismo como del darwinismo. En cambio quien se compenetre
del genuino espíritu del darwinismo, por materialista que
fuere, será capaz de remontarse en la evolución
terrestre, al punto de reconocer que jamás el ser humano puede
haberse desenvuelto de formas animales inferiores, sino que
necesariamente debe de ser de origen espiritual. Remontándose,
se llega al punto en que se percibe al hombre como ser
espiritual, apareciendo en lo alto sobre el mundo terrenal. Empero,
quien se aleje de ese buen espíritu puede creer, si es adepto
a la idea de reencarnación, que en alguna encarnación
pasada él mismo puede haber vivido como mono. El verdadero
darwinismo jamás puede conducir a semejante creencia. Si al
darwinismo no se le quita lo cristiano, se verificará que
hasta en nuestro tiempo los impulsos darwinianos surgieron del
impulso de Cristo, y que los impulsos cristianos ejercen su
influencia, incluso donde se los niega. Resulta pues que tenemos no
solamente el fenómeno que en los primeros siglos el
cristianismo se difunde aisladamente de la erudición y el
saber de los adeptos; que en la Edad Media los doctos escolásticos
contribuyen muy poco a su difusión, sino que también
tenemos el fenómeno paradójico que el cristianismo,
como contra-imagen, aparece en el darwinismo. Toda la grandeza
de la idea del darwinismo recibió de los impulsos
cristianos su energía; y estos impulsos que le son
inmanentes, conducirán de por sí a que esta ciencia
supere al materialismo. ¡Hay algo curioso en los impulsos
cristianos! Parece que nada contribuyen a su difusión, la
intelectualidad, el saber, la erudición y el conocimiento.
Diríamos que el cristianismo se extiende, no importa el pensar
en su favor o en su contra; más aun, que en el moderno
materialismo aparece, en cierto modo, como convertido en lo
contrario. ¿Qué es lo que se extiende? No son las ideas
del cristianismo, no es la ciencia cristiana, lo que se extiende. Se
podría afirmar: lo que se extiende es el sentimiento moral que
el cristianismo infundió a la humanidad. Pero si se
considera la moralidad que en aquel tiempo imperaba, se verá
justificado mucho de cuanto se describe como enfurecimiento de los
adeptos al cristianismo contra sus adversarios efectivos o
supuestos. Ni tampoco puede impresionarnos la moralidad que reinaba
en las almas de alta cultura intelectual, incluso en su pensar
realmente cristiano. ¿Qué es lo singular que se
difunde? ¿Qué es lo que triunfalmente se expande
en el mundo? Preguntemos lo que al respecto nos dice la
ciencia espiritual, el conocimiento clarividente. ¿Qué
es lo que impera y obra en los hombres incultos que desde el Este
penetran en el helenismo y romanismo altamente cultos? ¿Qué
impera en aquellos que llevan el cristianismo al ajeno mundo
germánico? ¿Qué es lo que impera en la moderna
ciencia natural materialista en que, en cierto modo, la doctrina
todavía cubre su rostro con un velo? En fin, ¿qué
es lo que reina en todas esas almas, si no son impulsos
intelectuales, ni siquiera morales? Es el Cristo mismo quien va de
corazón a corazón, de alma a alma; quien pasa por el
mundo, poco importa que en el correr de los siglos las almas le
comprendan o no. Debemos prescindir de nuestros conceptos, de toda
Ciencia; señalar lo que es la realidad y hacer ver que el
Cristo mismo, misteriosamente, obra en millares de impulsos, tomando
forma en las almas, compenetrando y estando presente en miles y
miles de hombres. En los hombres sencillos es el Cristo mismo quien
anda por el mundo griego e itálico; más tarde, es el
Cristo mismo quien anda junto a los maestros que llevan el
cristianismo a los pueblos germánicos; es El mismo, el
verdadero Cristo quien realmente va de lugar a lugar, de alma a alma;
quien penetra en ellas; no importa lo que ellas mismas piensen acerca
del Cristo. Lo voy a comparar con algo trivial: cuántos
hombres hay que nada entienden de la composición de los
alimentos y que, no obstante, se nutren primorosamente.
Nutrirse, nada tiene que ver con entender algo de las substancias
alimenticias. Lo característico es que la penetración
del cristianismo en el mundo, de ninguna manera dependía de la
comprensión de parte de los hombres. He aquí un
secreto que sólo se puede esclarecer si se contesta la
pregunta: ¿Cómo obra el Cristo mismo en el ánimo
del hombre? Con respecto a esta pregunta la atención de la
ciencia espiritual es atraída por un acontecer cuyo
significado, en el fondo, sólo puede revelarse por la visión
clarividente, un acontecimiento que concuerda plenamente con lo
que acabo de exponer. Además, veremos que ya pasó
el tiempo en que de la manera caracterizada el Cristo influyó
en la evolución; ahora ha llegado el tiempo en que es
necesario que los hombres lleguen a conocer, a comprender al Cristo.
Por la misma razón también es preciso contestar la
pregunta por qué a nuestra época había precedido
la otra en que el impulso de Cristo pudo extenderse sin haber
sido comprendido. El acontecimiento a que la conciencia
clarividente es conducida, es el de Pentecostés, la Venida del
Espíritu Santo. La visión clarividente, suscitada
por la realidad del impulso de Cristo, en sentido antroposófico;
primero fue dirigida al acontecimiento de Pentecostés, la
Venida del Espíritu Santo. ¿Qué sucedió
en aquel instante de la evolución terrestre, el cual, al
principio bastante incomprensible, se nos describe como el descenso
del Espíritu Santo sobre los apóstoles? Si se investiga
con la vista clarividente lo que allí sucedió, la
ciencia espiritual obtiene una respuesta, una explicación de
lo que se relata: que hombres sencillos, como también lo eran
los apóstoles, súbitamente comienzan a hablar en otras
lenguas, diciendo lo que desde las profundidades del espíritu
debían expresar, y que de ellos no se esperaba. Realmente, en
aquel momento el cristianismo, los impulsos cristianos,
comenzaron a difundirse de una manera independiente de la
comprensión de parte de los hombres entre los que se
propagaba. Partiendo del acontecer de Pentecostés fluye la
corriente que hemos caracterizado. ¿Qué fue, en
realidad, ese acontecimiento de Pentecostés? Para la ciencia
espiritual surgió esta pregunta; y el Quinto Evangelio
comienza con la respuesta que la misma ciencia espiritual puede
dar a esta pregunta.
“SEGUNDA
CONFERENCIA”
Empecemos
por contemplar, -como lo hemos enunciado- el acontecimiento de
Pentecostés. En la primera conferencia ya se ha aludido a que
la mirada de la investigación clarividente, primero ha de
dirigirse a dicho acontecer; pues éste se presenta a la visión
retrospectiva cual un despertar que ha sido experimentado, en el
día que por la fiesta de Pentecostés se conmemora, por
las personalidades generalmente llamadas los apóstoles o
discípulos de Cristo Jesús. No es fácil evocar
una imagen exacta de los respectivos fenómenos, sin duda
extraños; y, con el fin de obtener una idea exacta con
relación al tema de este ciclo de conferencias, será
necesario recordar, digamos, en la profundidad del alma, mucho de lo
tratado en anteriores contemplaciones antroposóficas. En
aquel momento, los apóstoles tuvieron la sensación de
un despertar, la sensación de que durante mucho tiempo habían
vivido en un inusitado estado de conciencia. Efectivamente, fue
cual un despertar de un profundo sueño, pero un sueño
extraño, un estado onírico, de tal manera -estoy
hablando del estado de conciencia de los apóstoles mismos- que
en todo momento, como hombre regularmente sano, se cumple con los
quehaceres cotidianos, de modo que los demás ni se dan
cuenta de que uno se halla en otro estado de conciencia. De todos
modos, llegó el momento en que los apóstoles tuvieron
la sensación de haber pasado varios días en un estado
de ensoñación, del cual despertaron con el
acontecimiento de Pentecostés. Este despertar lo
experimentaron de un modo singular: tuvieron la sensación
de que del universo hubiera bajado sobre ellos algo que sólo
podría llamarse la substancia del amor cósmico. Los
apóstoles sintiéronse como despertados del citado
estado onírico y fecundados desde lo alto por el amor que
impera en todo el universo. Tuvieron la sensación de haber
sido despertados por todo aquello que como la prístina
fuerza del amor compenetra y da calor al universo, como si la
prístina fuerza del amor hubiera penetrado en el alma de cada
uno de ellos. A los demás, al observarlos como entonces
hablaban, les causaba una extraña, impresión; pues
sabían que los apóstoles habían vivido, hasta
entonces, de una manera sumamente sencilla, si bien en los últimos
días algunos se habían comportado de un modo algo
extraño, como sumergidos en la ensoñación. Pero
ahora parecieron hombres transformados, que efectivamente habían
adquirido un estado del alma totalmente nuevo; hombres que
habían dejado atrás toda estrechez y todo egoísmo
de la vida, y que habían ganado infinita amplitud del corazón
y extensa tolerancia interior, junto con una profunda
comprensión por todo lo humano sobre la tierra. Además,
tuvieron la capacidad para expresarse de tal manera que cualquiera
los entendía. En cierto modo dieron la impresión
de que eran capaces de mirar en el corazón y el alma del
prójimo para descubrir los profundos secretos del alma y poder
confortar y decir lo que cada uno necesitaba. Naturalmente,
causó asombro que semejante transformación pudiera
producirse en unos cuantos hombres. Ellos mismos, que por el espíritu
del amor cósmico habían sido despertados,
sintieron en sí mismos una nueva comprensión;
comprendieron lo que, por cierto, en íntima comunidad de
las almas había tenido lugar, pero sin haberlo entendido
antes. Ahora, en aquel instante, surgió ante el ojo del
alma, la comprensión de lo realmente sucedido en Gólgota.
Y si miramos en el alma del apóstol a quien en los otros
Evangelios se llama Pedro, su interior anímico revela a
la visión clarividente retrospectiva que, a partir del
instante que en los otros Evangelios es llamado la negación,
su conciencia terrenal en cierto sentido había quedado como
totalmente cortada. Ahora, en cierto modo percibió
aquella escena de la negación, cuando le habían
preguntado si él había estado con el Galileo; ahora
estuvo consciente de que en aquel momento lo había negado,
porque su conciencia se había ofuscado y había
entrado en un estado parecido a lo onírico, como alejado a un
mundo totalmente distinto. Fue para él como cuando alguien, al
despertar, recuerda lo sucedido el día anterior antes de
haberse dormido. Así también recordó Pedro lo
que comúnmente se llama la negación; el haber negado
tres veces, antes que el gallo hubiera cantado dos. Y así como
se va haciendo de noche, sobrevino ahora un estado intermedio de
la conciencia de Pedro; pero no un estado lleno de imágenes de
ensueño sino de visiones como de una conciencia superior,
un participar de hechos puramente espirituales. Todo lo que desde
aquel entonces había sucedido y que Pedro, en cierto modo,
había presenciado durmiendo, surgió ahora ante su alma
como de un ensueño clarividente. Ante todo llegó a
percibir el acontecimiento, del que realmente puede decirse que lo
había presenciado durmiendo, porque para su plena comprensión
se requiere la fecundación por el amor cósmico
universal. Ahora percibió las imágenes del Misterio de
Gólgota al como con la conciencia clarividente retrospectiva
podemos evocarlas, si establecemos las condiciones pertinentes.
Francamente, no es fácil decidirse a expresar con palabras
lo que se revela al penetrar con la mirada en la conciencia de Pedro
y los demás que estuvieron reunidos en aquella fiesta de
Pentecostés; sólo con el más hondo respeto es
posible hablar de estas cosas. Diría que emociona sobremanera
saber que se pone pie en suelo sagrado de la conciencia humana al
expresar con palabras lo que aquí se abre a la visión
del alma. A pesar de ello y a raíz de ciertas condiciones
anímicas de nuestro tiempo, resulta necesario hablar de estas
cosas; pero plenamente consciente de que vendrán tiempos
distintos a los nuestros, tiempos que considerarán estas cosas
con mayor comprensión que los nuestros. Pues para comprender
mucho de lo que al respecto hemos de decir, será preciso que
el alma humana se libre de diversos elementos que ella necesariamente
contiene, debido a la civilización de la época. En
primer lugar, la visión clarividente percibe algo que parece
ofender a la actual conciencia científico-natural. No
obstante, me veo precisado a expresar con palabras, lo mejor que
pueda, lo que a la visión del alma se presenta. No tengo la
culpa si lo que debo decir acaso penetre en almas no suficientemente
preparadas y luego sea exagerado, de modo que no pueda sostenerse
frente a conceptos de la ciencia actual. La visión
clarividente es atraída por un cuadro que presenta una
realidad, a la cual también en los otros Evangelios se alude,
pero que de todos modos ofrece un singular aspecto dentro de la
profusión de imágenes que la visión clarividente
retrospectiva percibe. Esta visión es efectivamente
atraída por un obscurecimiento terrestre. Se reproduce la
sensación del singular instante en que durante horas,
como en el caso de un intenso eclipse solar, el sol físico
sobre Palestina, sobre el lugar de Gólgota, se había
obscurecido. Da la impresión, la que incluso ahora la clara
visión científico-espiritual es capaz de verificar
cuando realmente sobreviene un eclipse solar; que en tal
momento, para la visión del alma, todo lo que circunda al
hombre se presenta de un modo totalmente distinto. Dejo
aparte todo lo producido por el arte y la técnica humanas
en cuanto al aspecto que ofrece el eclipse solar. Se requiere un
ánimo fortalecido y la certeza de que todo eso debió
producirse para resistir a las potencias demoníacas que
durante un eclipse solar se alzan de la grosera técnica
exterior. Mas no quiero extenderme sobre este asunto, sino llamar la
atención sobre el hecho de que en tal momento se presenta
lleno de luz lo que, de otro modo, sólo se alcanza por muy
difíciles meditaciones: se percibe entonces de manera
distinta todo lo vegetal y lo animal; cada mariposa presenta un
aspecto distinto. Es algo que en profundo sentido conduce a la
convicción de que en el cosmos existe una íntima
relación entre la vida sobre la tierra y una vida espiritual
que pertenece al sol y que en cierto modo tiene su cuerpo físico
en lo que como sol se percibe. Y cuando la luz física
forzadamente se obscurece porque se interpone la luna, no es lo mismo
que cuando de noche simplemente no hay sol. Durante el eclipse solar
el aspecto de lo terrestre que nos circunda es muy distinto del
simplemente nocturno. Cuando hay eclipse solar, se nota un erigirse
de las almas grupales de vegetales y animales; un debilitarse de la
corporeidad física de vegetales y animales, y un esclarecer de
todo lo que representa el modo de ser del alma grupal. Todo lo
expuesto lo percibe la visión retrospectiva clarividente si se
dirige hacia el instante que, dentro de la evolución
terrestre, se denomina el Misterio de Gólgota. Entonces surge
algo que podría describirse así: se aprende a descifrar
lo que significa aquel singular signo de la naturaleza que a la
visión clarividente retrospectiva se presenta en el
cosmos. Repito que no es culpa mía si me veo precisado a
leer, según la escritura oculta, un fenómeno de la
naturaleza por lo demás común que tuvo lugar justamente
en aquel punto de la evolución terrestre; a leerlo, tal como
espontáneamente se presenta, en contradicción con todo
conocimiento materialista actual. Es como cuando se abre un libro y
se lee lo allí escrito; lo mismo ocurre al presentarse, aquel
fenómeno cuyos mismos signos indican lo que debe leerse.
Esos signos del cosmos nos obligan a leer lo que la humanidad debe
llegar a conocer. Da la impresión de una palabra escrita en el
cosmos, un signo cósmico. ¿Qué es lo que lee
allí el alma que se abre? En la conferencia anterior he
expuesto que al llegar la época de la cultura griega, la
humanidad alcanzó un nivel evolutivo que en Platón y
Aristóteles se elevó a un muy alto grado de desarrollo
del alma humana y de la intelectualidad. En muchos respectos, en los
tiempos posteriores, el saber alcanzado por Platón y
Aristóteles no fue superado, pues en cierto modo la
intelectualidad había llegado a un nivel supremo. Si se
considera este saber intelectual que por el actuar de
predicadores viandantes, precisamente en la época del Misterio
de Gólgota, se había popularizado enormemente en las
penínsulas griega e itálica, si se considera que dicho
saber se había difundido de una manera que hoy no se
comprende, se tiene la impresión comparable a un leer de aquel
signo oculto que, escrito en el cosmos, apareció. Con la
conciencia clarividente así desarrollada nos decimos
entonces; todo este saber que la humanidad ha reunido, a que en
el tiempo precristiano se ha elevado, tiene como signo la Luna,
la cual, para el punto de vista terrenal, anda por el universo; ese
signo es la Luna porque para la cognición superior de la
humanidad este saber no ha actuado como para esclarecer, para
dar solución a enigmas, sino para obscurecer, tal como por el
eclipse solar, la luna obscurece al sol. He aquí lo que
se lee. Todo el saber de aquel tiempo no esclareció, sino que
obscureció el enigma del mundo; y el clarividente percibe
el obscurecimiento por el saber del tiempo antiguo, de las regiones
espirituales superiores del mundo, saber que se colocó ante el
verdadero conocimiento, tal como la luna eclipsa al sol cuando se
produce el eclipse solar. Y el acontecimiento exterior se convierte
en expresión de que la humanidad había alcanzado un
grado de desarrollo en que el saber adquirido dentro de la
esfera de la humanidad misma, se colocó ante el conocimiento
superior, como la luna ante el sol, en el eclipse solar. En
aquel obscurecimiento del sol se percibe escrito en el cosmos,
mediante un grandioso signo de la escritura oculta, el
obscurecimiento solar de la humanidad, dentro de la evolución
terrestre. He dicho que la conciencia humana del presente lo sentirá
como una ofensa, porque ya no tiene capacidad para entender el obrar
del espíritu en el universo. No quiero hablar de milagros en
sentido corriente, o sea de un quebrantar las leyes de la
naturaleza, pero no puedo menos de enunciar cómo aquel
obscurecimiento del sol puede leerse, y que no hay otra alternativa
que mirar con el alma y, en cierto modo, leer lo que aquel fenómeno
de la naturaleza expresa: con el saber lunar se había
producido un obscurecimiento, frente al mensaje solar superior.
Entonces aparece ante la conciencia clarividente la imagen de la Cruz
de Gólgota con el cuerpo de Jesús, entre los dos
ladrones. Y luego otra imagen la que se mantiene tanto más
firme cuanto más se trata de rehuirla la imagen del
Descendimiento de la Cruz y de la Sepultura. Con ella se
presenta otro grandioso signo, escrito en el cosmos, y que debe
leerse para entenderlo como un símbolo de lo realmente
sucedido dentro de la evolución de la humanidad: al contemplar
con la mirada del alma, la imagen del Jesús descendido de la
cruz y la de la Sepultura, se experimenta un sacudimiento, producido
por un terremoto que tuvo lugar en aquella región. Es de
esperar que a su tiempo la ciencia natural comprenderá mejor
la relación entre este terremoto y el obscurecimiento del
sol, pues ya existen, aunque en forma incoherente, ciertas teorías
que señalan una relación entre eclipse solar y
terremoto e incluso explosiones en minas. Aquel terremoto
ocurrió a consecuencia del eclipse solar. Ese mismo terremoto
sacudió el sepulcro en que se había puesto el cuerpo de
Jesús y arrastró la piedra que allí se había
colocado; se abrió una hendidura y ella acogió al
cuerpo. Un nuevo sacudimiento volvió a cerrar la hendidura
sobre el cuerpo. Cuando a la mañana siguiente acudió la
gente al sepulcro, éste estaba vacío, porque la tierra
había acogido al cuerpo de Jesús; mas la piedra se
encontraba al lado de la tumba. Contemplemos una vez más la
sucesión de las imágenes. En la cruz de Gólgota
muere Jesús. Cae la obscuridad sobre la tierra. En el
sepulcro abierto se pone el cuerpo de Jesús. Un temblor sacude
el suelo, y la tierra acoge al cuerpo de Jesús. La hendidura
producida por el temblor, vuelve a cerrarse; la piedra es arrastrada
a un lado. Son sucesos que efectivamente ocurrieron y debo
describirlos de esta manera. Por más argumentos en contra
que los hombres de la ciencia natural aporten, la visión
clarividente lo ve tal como acabo de relatarlo. Y si alguien quisiera
sostener que no es posible que en el cosmos apareciese, como
poderoso lenguaje en signos, un símbolo como expresión
de que algo nuevo ha entrado en la evolución de la humanidad;
si alguien quisiera decir que las potencias divinas no escriben
en la tierra, por medio de semejante lenguaje en señas, como,
por ejemplo, un obscurecimiento del sol y un terremoto, yo
respondería: respeto vuestra creencia de que no puede
ser; pero sin embargo, es verdad que sucedió. Me imagino que
un Ernesto Renán; quien escribió aquel curioso libro
Vida de Jesús, diría: semejantes cosas no merecen fe;
sólo se cree lo que se puede reproducir experimentalmente.
Pero esto es insostenible, pues Renán seguramente cree
que existió el período glacial, aunque no es posible
reproducirlo experimentalmente. Es absolutamente imposible retraer la
época glacial; sin embargo, todo naturalista cree que existió.
También es imposible que aquel signo cósmico vuelva a
presentarse a la humanidad. No obstante, tuvo lugar. Únicamente
por la visión clarividente podemos abrir el camino hacia esos
acontecimientos, si ante todo ahondamos la mirada en el alma de
Pedro u otro de los apóstoles que en la fiesta de
Pentecostés se sintieron fecundados por el amor cósmico
universal. Únicamente si con la visión penetramos en el
alma de esos hombres para percibir lo que en ellos vivió, nos
será posible - por este camino más largo - llegar a la
visión de la Cruz de Gólgota, el obscurecimiento y el
temblor que le siguió. No se niega, de modo alguno, que en
sentido físico aquel obscurecimiento y el terremoto fueron
fenómenos comunes a la naturaleza. Empero, para el que los
examina a través de la clarividencia, aparecen tal como
lo he expuesto; y esto lo afirma decididamente quien en su alma
ha creado las condiciones pertinentes. En la conciencia de Pedro
lo expuesto fue, efectivamente; algo que en el contorno del largo
sueño se cristalizó. En la conciencia de Pedro, entre
diversas imágenes, se destacaron claramente: la Cruz de
Gólgota, el obscurecimiento y el temblor, como primeros frutos
de la fecundación de Pentecostés, por el amor cósmico.
Entonces supo, lo que antes, efectivamente, había ignorado:
que el cuerpo en la cruz era el mismo con el cual muchas veces en la
vida había caminado. Ahora fue consciente de que Jesús
murió en la cruz, pero que en verdad esa muerte fue un
nacimiento, el nacimiento del Espíritu que en la fiesta
de Pentecostés, como amor universal se derramó en el
alma de los apóstoles. Pedro lo sintió como un
resplandor del amor eterno, el amor que reina por los siglos de los
siglos. Lo sintió como aquello que nació, cuando
Jesús murió en la cruz. Y en el alma de Pedro se
suscitó la grandiosa verdad: es simplemente apariencia que en
la cruz haya tenido lugar una muerte. En verdad, esa muerte, a la que
había precedido infinito sufrimiento, fue el nacimiento
del cual ahora un resplandor penetró en el alma de Pedro, con
la muerte de Jesús nació para la Tierra aquello que
antes, por todas partes, se había encontrado fuera de
ella: el amor cósmico universal. En forma abstracta, parece
fácil pronunciar semejantes palabras, sin embargo, hemos
de tener presente que el alma de Pedro por primera vez lo
sintió: para la Tierra nació lo que antes sólo
había existido en el cosmos; nació en el instante en
que Jesús de Nazareth murió en la cruz de Gólgota.
La muerte de Jesús de Nazareth fue el nacimiento, dentro de la
esfera de la tierra, del amor cósmico. He aquí, en
cierto modo, la primera revelación que se nos da en lo que
llamamos el Quinto Evangelio. Con lo que en el Nuevo Testamento se
describe como la Venida, el derramar del Espíritu,
comienza lo que acabo de relatar. Por todo el estado de su alma, los
apóstoles únicamente habían sido capaces de
presenciar con conciencia anormal el acontecimiento de la muerte
de Jesús de Nazareth. Otro momento más de lo vivido
debieron recordar Pedro, como asimismo Juan y Jacobo: aquella
escena que sólo por el Quinto Evangelio se nos presenta en
toda su grandeza. Aquel con quien allí habían caminado,
los había conducido al monte y les había dicho:
¡velad! Pero ellos habían quedado dormidos. Ya había
empezado aquel estado de sus almas que cada vez más se
intensificaba: la conciencia normal se adormecía; ellos
caían en un sueño que se mantenía durante el
acontecimiento de Gólgota. De este sueño irradió
lo que, balbuceando, acabo de relatar. Pedro, Juan y Jacobo
recordaron que habían caído en ese estado, y
ahora, para la mirada retrospectiva, aparecieron, al principio
opacamente los grandes acontecimientos que habían tenido
lugar en torno al cuerpo terrenal de Aquel con quien habían
caminado. Lentamente, tal como ensueños olvidados vuelven a
surgir, aparecieron en la conciencia y en el alma de los
apóstoles aquellos sucesos. En esos días no los habían
presenciado con conciencia normal. Ahora, todo apareció
para la conciencia normal; apareció todo el tiempo vivido
desde el acontecer de Gólgota hasta Pentecostés.
Tuvieron la sensación de que ese tiempo lo habían
pasado como sumergidos en un profundo sueño. Ahora, a la
visión retrospectiva, les apareció, día por día,
el tiempo pasado entre el Misterio de Gólgota y la así
llamada Ascensión de Cristo Jesús. Lo habían
vivido pero sólo ahora surgió de una manera muy
singular. Pido perdón por insertar una observación
personal: debo decir que me sorprendió sobremanera la visión
de lo que surgió en el alma de los apóstoles, lo que
ellos habían vivido en el tiempo entre el Misterio de
Gólgota y la Ascensión. Es extraño cómo
se suscitó la visión en el alma de los apóstoles.
Surgieron imágenes como esta: ciertamente, tú estuviste
reunido, te encontraste con lo que nació en la cruz; como si
al despertar a la mañana, se recordase cual un sueño:
durante la noche estabas reunido con este o aquel. De un modo extraño
surgieron los distintos acontecimientos en el alma de los apóstoles,
y siempre se preguntaron: ¿pero quién es Aquel con
quien estamos reunidos? Y siempre de nuevo fallaron en conocerle.
Sabían: es seguro que con El habíamos caminado,
pero no reconocieron la figura con la que habían estado y que
ahora apareció en la imagen, al haber recibido la
fecundación por el amor universal. Se vieron a sí
mismos caminando, después del Misterio de Gólgota con
el Cristo. También percibieron que entonces El les había
dado enseñanzas acerca del reino del Espíritu.
Aprendieron a comprender que durante cuarenta días habían
caminado con ese Ser que nació en la cruz, y que ese Ser - el
amor universal que del cosmos nació en la Tierra - había
sido su maestro, pero que no habían llegado a la madurez
para comprender su enseñanza; que con subconscientes fuerzas
del alma le habían escuchado, y que como sonámbulos
habían caminado al lado del Cristo, sin poder concebir
con el intelecto común lo que ese ser les enseñaba.
Durante esos cuarenta días le habían escuchado con la
conciencia extraña, la que sólo ahora, al haber
experimentado el acontecer de Pentecostés, despertó en
ellos. Como sonámbulos habían escuchado. El les había
aparecido como el maestro espiritual, y les había
revelado secretos que ellos sólo comprendían, porque Él
los había puesto en otro estado de conciencia. Sólo
ahora vieron claramente que habían caminado con el Cristo
resucitado, y ahora comprendieron lo que había sucedido. ¿Cómo
llegaron a comprender que realmente habían estado con
Aquel con quien, en su cuerpo, antes del Misterio de Gólgota
habían caminado? Lo comprendieron de la siguiente manera.
Supongamos que, después de Pentecostés, ante el alma
de uno de los apóstoles haya aparecido esta imagen: vio
que había caminado con el Resucitado pero no le reconoció.
Vio un ser celeste espiritual, sin conocerlo. Se añadió
entonces, mezclándose con la imagen puramente espiritual, otra
imagen, la que representaba un acontecer que los apóstoles
realmente habían vivido, antes del Misterio de Gólgota,
con Cristo Jesús: una escena donde el Cristo les había
hablado del secreto del Espíritu; pero sin que ellos hubiesen
reconocido al Cristo, sino encontrándose frente a un ser
espiritual. Para conocer a éste, la imagen se transformó,
manteniéndose ella misma, a la vez en la de la Ultima Cena que
ellos habían celebrado con Cristo Jesús. Hay que
imaginarse que tal apóstol tuvo la visión
suprasensible de haber caminado con el Resucitado y, detrás
de esta imagen, la de la Ultima Cena. De esta manera los apóstoles
reconocieron que Aquel con quien en el pasado habían caminado
fue el mismo que el que ahora, en la apariencia que El había
adoptado después del Misterio de Gólgota, les enseñó.
Fue un total confluir del recuerdo correspondiente al estado de
conciencia que en cierto modo había sido un estado de sueño,
con las imágenes de recuerdo del tiempo anterior. Como dos
imágenes, una sobre la otra, lo experimentaron: la imagen
tomada de lo vivido después del Misterio de Gólgota, y
la otra, con su luz del tiempo anterior al ofuscamiento de su propia
conciencia. Así reconocieron la unidad: la entidad del
Resucitado y aquel con quien, breve tiempo atrás, en el cuerpo
físico, habían caminado. Ahora pudieron decirse:
antes de nuestro despertar en virtud de haber sido fecundados por el
amor universal, habíamos estado como enajenados de
nuestro estado de conciencia común. Y el Cristo
resucitado estaba con nosotros; El nos acogía inconscientes en
su reino, caminaba con nosotros revelándonos los secretos de
su reino; secretos que ahora, después del Misterio de
Pentecostés aparecen como un sueño. Causa
realmente asombro este coincidir de las imágenes de los
apóstoles: una de lo vivido con el Cristo después
de Gólgota, y otra antes del Misterio de Gólgota, la de
lo vivido conscientemente, en el cuerpo físico, con el Cristo
Jesús. Con lo que precede hemos comenzado a comunicar lo que
puede leerse en el así llamado Quinto Evangelio; y para
terminar este primer anuncio, deseo agregar algunas palabras que
también deben decirse, aparte de aquellos hechos. En cierto
modo, siento el deber oculto de hablar, en nuestro tiempo, de estas
cosas. Sé muy bien que vivimos en una época en que para
el cercano porvenir de la humanidad, están preparándose
diversos cambios, y que nosotros, dentro de la Sociedad
Antroposófica, debemos concebir la idea de que hay
algo que en el alma humana necesariamente debe prepararse para el
futuro. Vendrán tiempos en que será posible hablar de
estas cosas de una manera muy distinta de lo que nuestro tiempo
permite. Todos pertenecemos a esta época; pero se acerca un
tiempo en que será posible hablar de un modo más
exacto, en que probablemente mucho de lo que ahora sólo puede
conocerse en principio, se conocerá por la crónica
espiritual del devenir de un modo mucho más exacto. Estos
tiempos vendrán, por más que la humanidad actual lo
considere fuera de lo previsible. Precisamente por esta razón
es, en cierto sentido, una obligación hablar de ello. Si
bien me cuesta mucho hablar de este tema, predomina, no obstante, el
deber frente a lo que en nuestro tiempo tiene que prepararse; y esto
me ha conducido a hablar sobre este tema, ahora por primera vez,
en esta ciudad. Si digo que me cuesta mucho, hay que entenderlo tal
cual lo expreso. Pido explícitamente tomar como una suerte de
alusión lo que ahora expongo, como algo que ciertamente en
tiempos venideros podrá decirse mejor y mucho más
exactamente. Una observación personal explicará mejor
el porqué vacilo en hablar sobre este tema. Sé muy
bien que para la investigación espiritual a que me dedico,
resulta a veces bastante difícil, precisamente cuando se trata
de cosas de esta índole, descifrar la escritura espiritual del
mundo; y no sería nada extraño si a la palabra
"alusión" hubiera que darle un significado más
amplio de lo que ahora podría parecer. De ningún modo
quiero decir que ya ahora soy capaz de interpretar exactamente
lo que figura en la escritura espiritual, pues siento cierta
dificultad para leer las imágenes de la Crónica
del Akasha que se refieren al Cristianismo. Sólo con
cierto esfuerzo logro cristalizar y conservar las imágenes.
Considero que según mi karma tengo el deber de expresar lo que
acabo de decir. No cabe duda que todo lo haría con menos
esfuerzo si en mi infancia hubiera recibido al igual que otros
coetáneos una educación realmente cristiana, la
que no se me ha dado, pues me he criado en un ambiente enteramente
racionalista. He sido educado de un modo puramente científico;
debido a ello no me es fácil encontrar las cosas, de las
que tengo el deber de hablar. Por dos razones me permito hacer esta
advertencia personal: primero, porque precisamente ahora, de mala fe,
se ha difundido una disparatada difamación en cuanto a
relaciones que yo haya tenido con ciertas corrientes católicas;
de lo cual ni una sola palabra es verdad. Semejante imputación
ha tenido su origen en círculos teosóficos; y esto hace
ver a qué extremo ha llegado lo que a veces suele llamarse
Teosofía. Las circunstancias nos obligan a no pasarlo por
alto, sino a contraponerle la verdad. Por otra parte, debido a que,
cuando joven, estuve ajeno al cristianismo, me siento tanto más
libre frente a él y creo que sólo por el espíritu
he sido conducido al cristianismo y al Cristo. Creo que
precisamente en este campo tengo el derecho de hablar imparcialmente
y sin prejuicios. Quizás, en esta hora de la historia
universal, se dará más crédito a la palabra de
un hombre de cultura científica, el que, cuando joven, estuvo
ajeno al cristianismo, que a uno que desde su infancia haya tenido
contacto con él. Con estas palabras también se alude
a lo que vive en mí mismo, si ahora tengo que hablar de los
misterios del así llamado Quinto Evangelio.
“TERCERA
CONFERENCIA”
Si
en la conferencia anterior he dicho que en el momento de la
fiesta de Pentecostés, las personalidades a quienes llamamos
los apóstoles de Cristo Jesús, experimentaron, en
cierto sentido, un despertar, esto no quiere decir que en ese
mismo momento todo aquello que tengo que exponer como contenido del
Quinto Evangelio, haya estado presente, en la misma forma en que
lo relato, en la clara y plena conciencia de los apóstoles.
Ciertamente, si con el conocimiento clarividente se penetra en
el alma de ellos, se descubren allí aquellas imágenes;
sin embargo, en los apóstoles mismos, todo vivió no
tanto como imagen sino que existió, por decirlo así,
como vida, como experiencia espontánea, como sentimiento
y potencia del alma. Lo que entonces los apóstoles
pudieron expresar, dando el impulso inicial de la evolución
cristiana, y que incluso a los griegos de aquel tiempo dejó
maravillados; lo que en los apóstoles hubo como potencia del
alma, potencia del ánimo, era fruto de lo que en su alma vivió
como fuerza viviente del Quinto Evangelio. Pudieron hablar y obrar de
esa manera porque tuvieron en el alma lo que nosotros
desciframos como contenido del Quinto Evangelio, si bien no lo
dieron con las mismas palabras con que ahora corresponde
relatarlo. Pues ellos habían recibido, por una suerte de
despertamiento, la fecundación por el amor cósmico
Universal; y como fruto de tal fecundación siguieron obrando.
A través de ellos obró lo que el Cristo había
llegado a ser. Y esto nos conduce al punto en que, en sentido del
Quinto Evangelio, nos toca hablar de la vida terrenal de Cristo. Para
los conceptos que imperan en nuestro tiempo no es fácil
expresar con palabras, de que aquí se trata. Pero mediante
diversos conceptos e ideas de la ciencia espiritual podemos
acercarnos a este supremo misterio terrestre. Para comprender la
entidad de Cristo es preciso emplear, en forma modificada,
conceptos que ya poseemos por nuestras contemplaciones
científico-espirituales. Partamos, para comprender de qué
se trata, de lo que comúnmente se llama el bautismo en el
Jordán el cual, con respecto a la vida terrenal de Cristo, se
nos presenta en el Quinto Evangelio como una concepción humana
terrenal: lo comprenderemos si la vida de Cristo desde el bautismo
hasta el Misterio de Gólgota, la comparamos con el
desenvolvimiento del germen humano en el seno de la madre. Quiere
decir que en cierto sentido fue una vida embrionaria la que el Cristo
vivió desde el bautismo en el Jordán hasta el
Misterio de Gólgota. Y el Misterio de Gólgota
mismo, lo hemos de comprender como el nacimiento terrenal; o sea, la
muerte de Jesús como el nacimiento terrenal del Cristo. Su
vida terrenal, en sentido propio, debe buscarse después
del Misterio de Gólgota, cuando el Cristo estuvo con los
apóstoles quienes entonces habían vivido en otro estado
de conciencia, tal como lo he explicado en la conferencia anterior.
Esto es lo que siguió al verdadero nacimiento del Cristo. Lo
que se describe como la Ascensión y, después, la Venida
del Espíritu, debe entenderse en sentido igual que aquello
que, al producirse la muerte del hombre, consideramos como el entrar
en los mundos espirituales. La ulterior vida de Cristo dentro de
la esfera terrestre, a partir de la Ascensión, o bien, del
acontecimiento de Pentecostés, debe compararse con la vida del
alma humana en el así llamado devacán, o país
del espíritu. Resulta, pues, que en el Cristo se nos presenta
una entidad frente a la cual hemos de modificar todos los conceptos
que hasta ahora, con respecto a la sucesión de los distintos
estados de la vida humana, hemos adquirido. Después del breve
tiempo intermedio, llamado purgatorio (Kama-Loka), el hombre pasa al
mundo espiritual, para preparar su próxima vida terrenal, vale
decir que después de la muerte el hombre entra en una vida
espiritual. A partir del acontecer de Pentecostés, el
Cristo experimentó el penetrar en la esfera de la Tierra lo
que para El fue lo que para el hombre es el traspaso al país
del espíritu. En vez de entrar en una región
espiritual, el devacán, como sucede para el hombre después
de la muerte, el Cristo hizo el sacrificio de establecer, o bien, de
buscar su cielo en la Tierra. El hombre deja la tierra, para cambiar
esta su morada por la del cielo. El Cristo, en cambio, dejó el
cielo para cambiar su morada celestial por la de la tierra. Hay
que contemplarlo bien para sentir profundamente lo que tuvo
lugar por el Misterio de Gólgota y lo que hizo el Cristo: que
su sacrificio consistió en que El ha dejado las esferas
espirituales para vivir con la Tierra y con los hombres sobre ella;
para proseguir por este impulso la evolución de la
humanidad sobre la Tierra. Con esto se evidencia que antes del
bautismo en el Jordán, esta entidad no había
pertenecido a la esfera terrestre; ella vino a la Tierra desde
esferas extraterrenales. Y lo vivido entre el bautismo y el
acontecimiento de Pentecostés, debió cumplirse para
transformar el ser celeste del Cristo en la entidad terrenal. Es de
infinita importancia el que este misterio se exprese con las
palabras: desde el acontecer de Pentecostés, el Cristo
está con las almas humanas sobre la Tierra; antes no había
estado con ellas sobre esta Tierra. Lo que el Cristo experimentó
entre el bautismo por Juan y lo acontecido en Pentecostés, se
realizó para cambiar la morada en el mundo espiritual por la
morada en la esfera terrestre. Esto se realizó para que
la entidad divino espiritual de Cristo pudiera adoptar la forma
adecuada a su obrar en comunidad con las almas humanas. He aquí
el porqué tuvieron lugar los acontecimientos de Palestina.
Con ello, también se pone de manifiesto que el acontecimiento
de Palestina es de singular característica; pues consiste en
el descender a la esfera terrestre de una entidad superior,
extra-terrestre; y en que esta entidad cósmica permanecerá
en la esfera terrestre hasta que ésta, por influjo de
aquélla, haya alcanzado la debida transformación.
Tengamos presente que desde aquel momento el Cristo ejerce su
actividad en la Tierra. Para la plena comprensión del
acontecimiento de Pentecostés, en sentido del Quinto
Evangelio, hemos de recurrir a los conceptos que nos ofrece la
ciencia espiritual. Hemos señalado que en los tiempos
antiguos existieron los Misterios con sus métodos de
iniciación, por los cuales el alma humana ascendía a
participar de la vida espiritual. Estos Misterios precristianos
se nos presentan lo más concretamente si contemplamos los
así llamados Misterios iranios de Mithra. Comprendían
siete grados de iniciación. Como primer paso el iniciando fue
conducido al grado simbólico del "Cuervo"; después
al grado de "Oculto". En el tercer grado llegó a ser
un "Luchador", en el cuarto un "León";
y en el quinto se le dio el nombre del pueblo a que él
pertenecía. En el sexto grado fue un "Héroe
del Sol", y en el séptimo el "Padre". Para
los primeros cuatro grados basta con decir que se conducía al
iniciando cada vez más profundamente a la experiencia
espiritual. En el quinto grado obtenía la facultad de una más
amplia conciencia la que le confería la capacidad para
convertirse en guardián espiritual de todo su pueblo. Por esta
razón se le daba el nombre del respectivo pueblo; y tal
iniciado participaba de la vida espiritual de un modo bien
definido. En otro ciclo de conferencias he explicado que los
distintos pueblos son conducidos por las entidades espirituales
llamadas arcángeles. El iniciado del quinto grado se había
elevado a dicha esfera, por lo que tomaba parte de la vida de los
arcángeles. El cosmos tenía necesidad de iniciados del
quinto grado; y por esta razón los había en tierra.
Cuando en los Misterios tal iniciado había adquirido en
su alma todo el contenido perteneciente al quinto grado, sucedió
que, así como nosotros leemos un libro para conocer lo
necesario por hacer esto o aquello, el arcángel leyó en
el alma de ese hombre. En el alma de los iniciados del quinto grado,
los arcángeles leyeron lo que un pueblo necesitaba. En la vida
terrenal deben de crearse iniciados de quinto grado, para que los
arcángeles puedan guiar de la justa manera. Estos
iniciados son los intermediarios entre el guía de un pueblo y
el pueblo mismo: en cierto modo, ellos llevan a la esfera de los
arcángeles lo necesario para conducir al pueblo de la
justa manera. En los tiempos precristianos este quinto grado no
podía alcanzarse mientras el alma humana quedaba dentro
del cuerpo; era necesario sacarla. La iniciación precisamente
consistía en que se desligaba del cuerpo el alma del hombre; y
ésta experimentaba fuera del cuerpo lo que le proporcionaba el
contenido que acabo de describir. El alma debía abandonar
la tierra y ascender al mundo espiritual para adquirir lo
necesario. Al alcanzar el sexto grado de la antigua iniciación,
el grado de Héroe del Sol, se suscitaba en el alma de tal
iniciado algo superior a lo que se requiere para la conducción
de un pueblo. Si consideramos la evolución terrestre de
la humanidad, observamos que los pueblos nacen y se extinguen, lo
mismo que el hombre como individuo nace y muere. Empero, lo que un
pueblo contribuye para la evolución terrestre debe
conservarse dentro de la ulterior evolución. Cada pueblo no
solamente debe ser guiado sino que el fruto de su trabajo debe
conservarse para los tiempos que sobrepasan los del pueblo mismo,
Para este traspaso de lo realizado por los pueblos debían
obrar los Héroes del Sol. En los mundos superiores puede
leerse lo que vive en el alma de un Héroe del Sol; y del
modo indicado se lograban las fuerzas para traspasar e integrar de la
justa manera el trabajo de un pueblo al trabajo de toda la
humanidad. El obrar del Héroe del Sol se elevaba por encima
del trabajo de cada pueblo. Y así como en los antiguos
Misterios el aspirante al quinto grado de iniciación tenía
que hallarse fuera de su cuerpo para experimentar lo necesario, así
también el que debía convertirse en Héroe
del Sol, debía abandonar su cuerpo y, durante el tiempo
respectivo, morar realmente en el Sol. Ciertamente, para el modo de
pensar de nuestro tiempo, estas verdades parecerán
fabulosas, o bien se considerarán necedades; pero aquí
cabe la palabra de San Pablo: que la sabiduría de este
mundo es necedad para con Dios. Durante el tiempo de su iniciación,
el Héroe del Sol vivía junto con todo el sistema solar;
el sol era su morada al igual que el hombre común vive en la
Tierra como en su planeta; y como montañas y ríos están
en torno de nosotros, así también hallábanse los
planetas del sistema solar en torno del Héroe del Sol, durante
el tiempo de su iniciación. En los Misterios antiguos esto
sólo se lograba al estar el iniciado fuera de su cuerpo. Y
cuando volvía a éste, se acordaba de todo lo vivido
fuera del cuerpo y lo empleaba como fuerza activa para la evolución
de la humanidad. Durante los tres días y medio de su
iniciación, es decir, mientras los Héroes del Sol
andaban -así podemos llamarlo- sobre el sol, estaban en
comunidad con el Cristo, el que antes del Misterio de Gólgota
todavía no se encontraba en la Tierra. Todos los Héroes
del Sol de la antigüedad habían ido a las esferas
superiores espirituales, pues sólo allí afuera
pudieron vivir en comunidad con el Cristo; y El descendió a la
Tierra desde ese mundo. Por consiguiente, podemos decir: lo que
en los tiempos antiguos por todo aquel procedimiento de la
iniciación, se había alcanzado para unos pocos,
fue dado en los días de Pentecostés, como por un
acaecimiento natural, a los apóstoles del Cristo.
Mientras que antes los hombres debían ascender al encuentro
con el Cristo, El descendió ahora a los apóstoles; y
ellos se convirtieron en hombres que en sí mismos tuvieron el
contenido que antiguamente los Héroes del Sol habían
tenido en su alma. La fuerza espiritual del sol se derramó en
el alma de los hombres y a partir de entonces siguió obrando
en la evolución de la humanidad. Para que esto fuera posible,
tuvieron que producirse los acontecimientos de Palestina. ¿En
qué se originó el unirse del Cristo con la Tierra? Fue
el resultado del sufrimiento más profundo, de un sufrimiento
que sobrepasa toda imaginación humana del dolor. Para formarse
la idea justa a este respecto también hay que remover
contrariedades del pensar de nuestro tiempo. Aquí tengo que
intercalar otra observación. Hace poco apareció un
libro cuya lectura recomiendo, porque el autor es un hombre
ingenioso, y el contenido demuestra cuán disparatado
resulta lo que con respecto a cosas espirituales hombres
inteligentes suelen expresar. Me refiero al libro titulado ,"De
la muerte" de Maurice Maeterlinck. Entre otras cosas insensatas
también figura allí la aserción que el
hombre, una vez muerto, es espíritu y, por haber dejado
su cuerpo físico, ya no puede sufrir. Maeterlinck, hombre tan
ingenioso, se hace pues la ilusión que sólo lo físico
puede sufrir y que, por lo tanto, el difunto no puede sufrir. No se
da cuenta de lo absurdo del pensar que únicamente pueda sufrir
el cuerpo físico que se compone de fuerzas físicas y
substancias químicas. ¡Cómo si una piedra
tuviera que sufrir! Lo que sufre no es el cuerpo físico
sino lo anímico. La humanidad ha llegado a tal punto que sobre
las cosas más sencillas se piensa lo contrario de lo
razonable. Si la vida espiritual no pudiera sufrir, no podría
haber sufrimiento en el Kama-Loka, el que justamente se produce
porque lo anímico se halla privado del cuerpo físico.
Quien opina que el espíritu no puede sufrir, no llegará
a representarse el infinito sufrimiento que el Cristo-Espíritu
padeció durante los días de Palestina. Empero, antes de
hablar de este sufrimiento, tengo que llamar la atención sobre
otro punto más. Hay que tener presente que con el bautismo en
el Jordán descendió a la Tierra y vivió en
lo físico, durante tres años, un ser espiritual que
después sufrió la muerte de Golgota, un ser espiritual
que antes del bautismo en el Jordán había vivido
en condiciones muy distintas a las terrestres. ¿Qué
significa este hecho de que ese ser espiritual había vivido en
condiciones totalmente distintas de las terrestres? Expresado
con términos antroposóficos, ello significa que ese ser
espiritual tampoco ha tenido karma terrenal. Hay que tenerlo
bien presente: una entidad espiritual vivió tres años
en el cuerpo de Jesús de Nazareth sin tener en su alma un
karma terrenal. Debido a ello, toda la vida y todas las experiencias
habidas, tuvieron para el Cristo un significado enteramente distinto
del de las experiencias de una alma humana. Si nosotros sufrimos,
si tenemos experiencias, sabemos que el sufrimiento tiene en el
karma su razón de ser. No fue así para el
Cristo-Espíritu; El tuvo que cumplir una experiencia trienal
sin que jamás hubiera tenido un karma. Esto fue, por
consiguiente, sufrimiento sin sentido kármico, sufrimiento
inmerecido, inocente. El Quinto Evangelio es el Evangelio
antroposófico que nos evidencia la única vida terrenal
de tres años a la que no se puede aplicar el concepto de
karma, en sentido humano. Pero la ulterior contemplación de
este Evangelio nos revela otra cosa más con respecto a esta
vida trienal. Esta vida terrenal de tres años que hemos
considerado como una vida embrionaria, tampoco produjo karma, ni
acarreó culpa alguna. Fue una vida terrenal de tres años,
no condicionada por karma y sin producir karma. Es preciso concebir
en todo su profundo sentido todos estos conceptos e ideas; así
se ganará mucho para la justa comprensión de estos
extraordinarios acontecimientos de Palestina los que, de otro modo,
quedarán en muchos respectos inexplicables. ¡Cuántas
cuestiones surgieron en la evolución de la humanidad, con
relación a estos acontecimientos, y de qué manera
fueron malentendidos! A pesar de todo ¡cuán
inmensamente obraron como impulso! Cuando se tomen estas cosas en su
justo y profundo significado, se llegará a pensar sobre ellas
de un modo bien distinto. No se presta la debida atención a
muchas cosas de profundo significado. Voy a dar un ejemplo. En el año
1863 apareció el libro "Vida de Jesús" de
Ernesto Renán. La gente lo lee sin tomar en consideración
lo significativo de su contenido. Quizás en tiempos venideros
llamará la atención el que muchos hayan leído
este libro sin darse cuenta de lo extraño de su composición.
Es una mezcla de sublime exposición y novelón vulgar;
esto es lo llamativo del citado libro. Naturalmente, para Renán
el Cristo es, ante todo, el Cristo Jesús; y lo describe
como héroe quien, al principio obra con la mejor intención,
como bienhechor de la humanidad, pero quien, después, se deja
llevar por el entusiasmo de la multitud, cediendo cada vez. más,
a lo que complace a la gente. En amplia escala, Ernesto Renán
aplica a la naturaleza de Cristo lo que a menudo se emplea en
sentido corriente. Ocurre por ejemplo, que la gente con respecto
a la teosofía que va difundiéndose, aplica la siguiente
crítica: al principio habíais procedido con la mejor
intención; después llegaban los adeptos en busca
de las cosas interesantes; y a raíz de eso claudicasteis cada
vez más. Es así como Renán considera a Cristo
Jesús. No le da vergüenza describir la resurrección
de Lázaro como un cuasi engaño cometido con fines
propagandistas. No le da vergüenza conducir a Cristo Jesús
a una suerte de delirio y de ser víctima de los instintos de
la multitud. De esta manera se entreteje un novelón
vulgar con sublimes descripciones que ese libro también
contiene. Es extraño que el sentimiento sano no sienta
repugnancia ante la descripción de un ser que al
principio tiene la mejor intención, pero que después es
víctima de los instintos de la multitud e incluso deja cometer
toda clase de engaños. Renán no siente ninguna
repugnancia; por el contrario, emplea palabras de alabanza y de
entusiasmo para con tal personalidad. Es realmente curioso. Por otra
arte da prueba de la gran afición por el Cristo, aunque la
gente no comprenda nada de su verdadera naturaleza. Y así se
llega al extremo de convertir la vida de Cristo en una novela vulgar
en la que, no obstante, no faltan las palabras de alabanza para
dirigir la atención hacia esa personalidad. Esto sólo
es posible con respecto a una entidad como la de Cristo Jesús.
Ciertamente, se hubiera acumulado mucho karma en los tres años
de la vida terrenal de Cristo, si esta vida hubiera sido como
Renán la describe. Mas en tiempos venideros se llegará
a comprender que semejante descripción se desvanece ante
el hecho de que allí hubo una vida terrenal libre de
karma. He aquí el mensaje del Quinto Evangelio. Se trata,
pues, del acontecimiento en el Jordán, el bautismo realizado
por Juan. El Quinto Evangelio nos dice que las palabras que figuran
en el Evangelio de Lucas transmiten correctamente lo que
entonces la bien desarrollada conciencia clarividente hubiera
oído: "Este es mi muy amado Hijo, hoy lo he engendrado."
Esta es la correcta interpretación de lo realmente sucedido en
el Jordán: el engendramiento, la concepción por la cual
el Cristo entró en la entidad Tierra. En las próximas
conferencias nos referiremos a la característica de la entidad
que descendió sobre el cuerpo de Jesús. Por ahora vamos
a considerar que Jesús de Nazareth había venido
para dar el cuerpo al Cristo. Ahora bien, el Quinto Evangelio nos
dice - lo leemos con la mirada clarividente retrospectiva - que
desde el principio de su andar sobre la tierra, el Cristo no se unió
totalmente con el cuerpo de Jesús de Nazareth, sino que sólo
hubo una unión libre entre la entidad Cristo y el cuerpo de
Jesus de Nazareth. No fue la unión de cuerpo y alma como
en el hombre común sino de tal índole que en todo
momento en que era necesario; el Cristo podía volver a
dejar el cuerpo de Jesús. Mientras el cuerpo de Jesús
se hallaba en algún lugar, como durmiendo, el Cristo,
como entidad, anduvo allí o allá, según hacía
falta. El Quinto Evangelio nos revela que no siempre, cuando la
entidad Cristo aparecía a los apóstoles, estuviese
presente también el cuerpo de Jesús de Nazareth, sino
que muchas veces el cuerpo de Jesús había quedado en
algún lugar y que Cristo-Espíritu aparecía a los
apóstoles. No obstante, ellos tuvieron la aparición
por el cuerpo de Jesús de Nazareth. Se dieron cuenta, por
cierto, que era algo diferente, pero la diferencia no resultó
lo suficiente como para verificarla claramente. Los cuatro Evangelios
apenas lo dicen; el Quinto Evangelio sí lo evidencia. Los
apóstoles no siempre fueron capaces de discernir: ahora
nos aparece el Cristo Jesús en su cuerpo, o ahora es sólo
el Cristo-Espíritu. En la mayoría de los casos, la
aparición la tuvieron por el Cristo Jesús, quiere decir
por el Cristo-Espíritu en cuanto le reconocieron en el cuerpo
de Jesús de Nazareth. Empero, lo que en los tres años
de esa vida terrenal tuvo lugar, fue que, en cierto modo, el
Espíritu se unió cada vez más firmemente con el
cuerpo de Jesús de Nazareth; o sea, que la entidad Cristo,
como naturaleza etérea, se asemejó más y más
al cuerpo físico de Jesús de Nazareth. Obsérvese
bien que referente a la naturaleza del Cristo sucedió algo
distinto que en cuanto al cuerpo del hombre común. El
hombre común es un microcosmos frente al macrocosmos, un
trasunto de todo el macrocosmos. Lo que el hombre terrenal llega a
ser, es reflejo del gran cosmos. En cuanto a la naturaleza del Cristo
ocurre todo en sentido inverso. La entidad macrocósmica solar
se amolda a la configuración del microcosmos humano; se
comprime y se restringe cada vez más, de modo que va
asemejándose al microcosmos humano. ¡Justamente al
revés! La unión con el cuerpo de Jesús de
Nazareth fue la más libre al principio de la vida terrenal de
Cristo, inmediatamente después del bautismo en el Jordán.
Enteramente fuera del cuerpo de Jesús estuvo la entidad
Cristo. Al andar sobre la Tierra, el obrar del Cristo fue
todavía algo enteramente celestial. La entidad Cristo
realizó curaciones que ninguna fuerza humana podría
hacer. La intimidad con que habló a los hombres, fue intimidad
divina. La entidad Cristo, atándose Ella misma al cuerpo de
Jesús de Nazareth, obró como entidad celeste. Sin
embargo, fue asemejándose, cada vez más, al cuerpo de
Jesús, comprimiéndose y amoldándose a las
condiciones terrestres, de modo que la fuerza divina se desvaneció,
más y más. Por todo esto pasó el Cristo,
asemejándose al cuerpo de Jesús; en cierto sentido fue
una evolución descendente. El Cristo tuvo que
experimentar que la potencia y la fuerza del Dios paso a paso le
abandonó, al asemejarse al cuerpo de Jesús de
Nazareth. El Dios fue conviertiéndose en hombre. Como un
hombre que con infinito sufrimiento siente el extinguirse de su
cuerpo, así también el Cristo experimentó
el desvanecimiento de su substancia divina, al asemejarse, como
naturaleza etérea, al cuerpo terrenal de Jesús de
Nazaréth, hasta el punto de sentir angustia, igual que un
hombre. He aquí lo que también los otros Evangelios
relatan, cuando con sus discípulos el Cristo Jesús
llegó al monte de los Olivos y El, en el cuerpo de Jesús
de Nazareth, estando con angustia, tuvo sudor en la frente. En el
Cristo dominó, cada vez más, la naturaleza humana. A
medida que su naturaleza etérea iba asemejándose
al cuerpo de Jesús, el Cristo devino hombre. La sublime fuerza
divina gradualmente se desvaneció. Vemos, pues, toda la pasión
a partir de poco tiempo después del bautismo en el
Jordán, cuando la gente, al haber presenciado lo que el Cristo
realizó, decía: jamás ningún ser sobre la
Tierra ejecutó semejantes acciones. Esto fue cuando el Cristo
se parecía muy poco al cuerpo de Jesús de Nazareth. En
el curso de tres años, a partir de este maravillarse de
parte de los admiradores en torno de él, la naturaleza de
Cristo va asemejándose al cuerpo de Jesús a tal punto
que dentro de este enfermizo cuerpo ya no es capaz de responder
a las preguntas de Pilatos, ni de Herodes o Caifás. La
naturaleza de Cristo había devenido tan parecida al cuerpo de
Jesús, cada vez más débil y más
enfermizo, que a la pregunta: ¿tú has dicho que puedes
derribar el templo y en tres días reedificarlo? ya no
habló, del quebradizo cuerpo de Jesús, el Cristo y
quedó callado ante el pontífice de los judíos; y
quedó callado ante Pilatos quien le preguntó: ¿tú
has dicho que eres el Rey de los Judíos? Así se
nos presenta el camino desde el bautismo en el Jordán hasta la
plena debilidad. Y poco después, la multitud que antes
había admirado las celestiales fuerzas milagrosas, estuvo
ante la cruz, ya no asombrada, sino burlándose de la
impotencia del Dios que había devenido hombre, y diciéndole,
si tú eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. A otros
salvaste, ahora sálvate a ti mismo. He aquí la pasión,
infinito sufrimiento, a lo que se sumó el pesar por la
humanidad que había descendido a las condiciones en que
se hallaba, precisamente en la época del Misterio de Gólgota.
Pero este sufrimiento engendró el Espíritu que en la
fiesta de Pentecostés se derramó sobre los apóstoles.
De estos dolores nació el amor cósmico universal que en
el instante del bautismo descendió de las extraterrenales
esferas celestes, a la esfera terrenal; el amor cósmico que se
había asemejado al hombre, quedando parecido a un cuerpo
humano, y que vivió el instante de la máxima impotencia
divina, para engendrar el impulso que como impulso del Cristo se nos
presenta en la ulterior evolución de la humanidad. Hay
que tenerlo presente, para comprender en todo su alcance el
significado de este impulso, en el sentido del futuro de la
humanidad; para que el hombre pueda proseguir su camino evolutivo
cultural.
“CUARTA
CONFERENCIA”
Las
últimas palabras del Evangelio de Juan resultan, en cierto
modo, conciliantes con lo que en esta conferencia me propongo
comunicar, como parte del Quinto Evangelio. Recordemos que allí
se dice que con relación a Cristo Jesús hay otras
muchas cosas, aparte de lo relatado en los Evangelios, y que, para
darlo todo, en el mundo no cabrían los libros que se habrían
de escribir. De modo que nadie pondrá en duda que aparte
de lo registrado en los libros, muchas cosas pueden haber sucedido.
Con el fin de hacer comprensible lo que en este ciclo de conferencias
quiero exponer, como contenido del Quinto Evangelio, comenzaré
ahora a dar relatos de la vida de Jesús de Nazareth, a
partir aproximadamente, del momento al que ya me he referido en
otras conferencias en que se han comunicado pequeñas partes
del Quinto Evangelio. Voy a relatar algunos pormenores de la vida de
Jesús, a partir de los doce años de edad. Fue esta la
edad en que, como ya sabemos, por un acto místico, el yo de
Zoroastro, que se había incorporado en uno de los dos niños
Jesús que en aquel tiempo habían nacido, pasó al
otro niño Jesús, o sea, al que principalmente en los
primeros capítulos del Evangelio de Lucas se describe.
Comenzaremos pues nuestro relato con el instante de la Vida de Jesús
de Nazareth en que el niño Jesús del Evangelio de
Lucas había acogido en sí mismo el yo de Zoroastro.
Sabemos que en el Evangelio se alude a este instante de la vida de
Jesús de Nazareth, por el relato de que, en oportunidad de un
viaje a Jerusalén, para la fiesta de Pascua se había
extraviado el niño Jesús del Evangelio de Lucas y al
ser hallado, estuvo sentado en medio de los doctores, y todos
se pasmaban de sus poderosas respuestas. También sabemos que
esas grandiosas respuestas se debían a que en el yo de
Zoroastro todo cuanto le surgía como por recuerdo
espiritualmente revelado, se traducía en las
sorprendentes respuestas de Jesús de Nazareth. Sabemos,
además, que por la muerte de la madre, por un lado, y del
padre, por el otro lado, se unieron las dos familias en una sola, en
la cual siguió viviendo el niño Jesús
fecundado por el yo de Zoroastro. En los años siguientes -
esto resulta del contenido del Quinto Evangelio - tuvo lugar un
singular cambio en su desarrollo. Al principio, los que rodeaban al
joven Jesús de Nazareth habían quedado profundamente
impresionados, precisamente por aquellas grandiosas respuestas
que había dado en el Templo; habían puesto grandes
esperanzas en él, y en cierto modo ya le habían
considerado como futuro doctor de la ley, de un extraordinario
nivel de erudición. La gente había empezado a captar
cada palabra que él pronunciara. Pero Jesús de
Nazareth se puso cada vez más callado, al punto de resultar
antipático para con los demás, mientras él
sostenía una vehemente lucha interior. Esta lucha
interior la sostuvo entre los doce y dieciocho años de edad.
En su alma hubo un despertar de tesoros de sabiduría, yacentes
en su interior; como si a través de la erudición
judía hubiera irradiado el sol de la antigua sabiduría
de Zaratustra. Al principio le había parecido que debía
prestar íntima atención y también responder
a las palabras de los numerosos escribas que venían a su casa;
e incluso quedaban asombrados los doctores quienes allí
aparecían y le admiraban como niño prodigioso. Pero
después se puso cada vez más callado y se limitó
a escuchar lo que decían los demás. No obstante,
en aquellos años siempre se suscitaron en el alma propia de
Jesús grandes ideas, máximas de moralidad y,
principalmente, importantes impulsos morales. Las palabras de los
escribas reunidos en su casa, le causaban cierta impresión,
pero una impresión que a menudo le producía
amargura, porque tenía la sensación - nótese
bien: ya tan joven - de que mucho era bastante dudoso, tendiente a
errores, en lo que los doctores pronunciaban con respecto a las
viejas tradiciones y los Libros del Antiguo Testamento. Estaba
con el alma oprimida cada vez que se le decía que en tiempos
antiguos el espíritu había inspirado a los profetas y
que Dios mismo los había inspirado, pero que ahora la
inspiración se ha retirado de las nuevas generaciones.
Mas escuchó profundamente impresionado cuando a veces los
doctores se referían a algo que él mismo iba a
experimentar: ciertamente, ya no habla más el alto y
poderoso espíritu que, por ejemplo, había inspirado a
Elías; pero todavía está hablando -y algunos de
los escribas creían haberlo experimentado, como inspiración
desde las alturas espirituales- una voz más débil,
pero algo que algunos creen oír, y que el espíritu de
Yahvé mismo les da. Bath-Kol se llamaba esa extraña
voz, una voz inspiradora más débil, por cierto, de
categoría inferior al espíritu que había
inspirado a los antiguos profetas, pero de todos modos una cosa
parecida. En escritos judíos posteriores también se
habla de esta Bath-Kol. Ahora he de insertar algo que en rigor no
pertenece al Quinto Evangelio, pero que puede conducirnos a la
explicación de la Bath-Kol: Un poco más tarde hubo
una controversia entre dos Escuelas rabínicas: el célebre
rabino Elieser ben Hirkano sostenía una determinada
doctrina para cuyo testimonio alegaba - esto también figura en
el Talmud - que él era capaz de hacer milagros. Este rabino
hizo desarraigarse y volver a plantarse a cien varas de
distancia un algarrobo; mandó a un río fluir hacia
atrás; y como tercera prueba invocó una voz del cielo
de que su doctrina había de quedar revelada. A pesar de ello,
la Escuela rabínica opositora no le prestó fe. El
rabino Josué respondió: "Por más que
el rabino Elieser haga algarrobos trasplantarse de un sitio a
otro; por más que mande ríos fluir hacia arriba, o que
invoque la Bath-Kol, la Ley estipula que las leyes eternas de la
existencia deben expresarse por la boca del hombre y encontrarse en
el corazón humano. Si el rabino Elieser quiere persuadirnos:
que no invoque la Bath-Kol sino que apele a lo que el corazón
humano es capaz de concebir." Doy este relato porque nos hace
ver que en ciertas Escuelas rabínicas, ya poco tiempo
después de la fundación del cristianismo, la
Bath-Kol gozaba de poca autoridad; pero en cierto modo había
florecido, entre rabinos y escribas, como voz inspiradora. Al
escuchar y sentir todo aquello, el joven Jesús mismo
recibió la inspiración por la Bath-Kol. Lo notable fue
que por la fecundación de su alma con el yo de Zoroastro,
Jesús de Nazareth efectivamente fue capaz de apropiarse
rápidamente de todo cuanto sabían los que le rodeaban.
No solamente que a los doce años de edad había dado las
grandiosas respuestas a los doctores de la ley, sino que también
pudo percibir en el alma propia la voz de la Bath-Kol. Pero
precisamente este hecho, la inspiración por la Bath-Kol,
influyó en Jesús, a la edad de dieciséis,
diecisiete años, de tal manera que le causó amargas y
profundas luchas interiores. Pues la Bath-Kol le reveló, y él
estaba seguro de percibirlo, que en lo sucesivo, dentro de la
corriente del Antiguo Testamento, ya no hablará el mismo
espíritu, el que antes había hablado a los antiguos
maestros judíos. Y llegó el día en que, para
espanto de su alma, Jesús tuvo la impresión de que la
Bath-Kol le revelase: no llego más a las alturas donde el
espíritu realmente podría revelarme la verdad sobre el
ulterior camino del pueblo judío. Fue un momento horrible, un
tremendo impulso, cuando parecía que la Bath-Kol le reveló
que él mismo no podía continuar obrando según la
antigua revelación; que en cierto modo tendría que
considerarse a sí mismo inapto para continuar el antiguo
judaísmo. Así le pareció haber perdido todo
fundamento, y hubo momentos en que se decía; Todas las fuerzas
de mi alma con las que me consideraba agraciado, sólo me
conducen a comprender que en la substancia evolutiva del judaísmo
ya no existe el poder para ascender a las revelaciones del espíritu
divino. Pongámonos por un instante en el espíritu, en
el alma del joven Jesús de Nazareth que tuvo que pasar por
semejantes experiencias anímicas. En aquel tiempo, de los
dieciséis a dieciocho años, él hacía
también viajes, en parte a raíz de su oficio, o por
otros motivos. Estos viajes le conducían a diversas
regiones de Palestina y distintos lugares fuera del país.
En aquel tiempo - la visión clarividente de la Crónica
del Akasha lo evidencia con toda claridad - se extendía sobre
los territorios del Asia Occidental, e incluso de Europa, un
culto asiático, un culto mezclado con diversos otros cultos,
pero que principalmente representaba el culto de Mithra. En
muchos lugares de los más diversos territorios había
templos del culto de Mithra. En algunos lugares se asemejaba al
culto de Atis, pero esencialmente era de Mithra. Había
templos y otros lugares en que se cumplían sacrificios a
Mithra y a Atis. En cierto sentido eran cultos paganos, pero
compenetrados de ritos y ceremonias de Mithra y Atis. Cuán
extendido era este culto, lo muestra el ejemplo de que la
Basílica de San Pedro en Roma se halla en el mismo sitio en
que otrora existía semejante templo; e incluso hay que decir,
lo que a muchos católicos podría parecer una
blasfemia: la forma exterior del ceremonial de la Basílica
de San Pedro y todo cuanto de él se deriva, no se diferencia
en mucho del antiguo rito de Atis, en cuyo antiguo sitio se halla
ahora dicha Basílica. Y en muchos sentidos el culto actual de
ésta, es una continuación del antiguo culto de
Mithra. Jesús de Nazareth, a los dieciséis, diecisiete,
dieciocho años, después de haber comenzado su
peregrinación, llegó a conocer lo que entonces
existía en semejantes lugares de culto y continuó
viajando. De esta manera conoció por su propia
experiencia exterior, el alma de los paganos. Por el grandioso
proceso del haber pasado a su alma el yo de Zoroastro, se había
desarrollado en él, de una manera natural y en alto grado, lo
que otros sólo adquieren por penoso esfuerzo: una gran fuerza
clarividente. Y debido a ello experimentó en esos cultos
muchas cosas que otros no experimentan: tuvo experiencias
conmovedoras. Por fabuloso que parezca, debo decir que Jesús
de Nazareth, al observar que ante altares paganos el sacerdote hacía
el sacrificio, percibió que por el mismo acto eran atraídos
diversos seres demoníacos. Además, descubrió que
ciertos ídolos que allí se adoraban eran imágenes,
no de entidades de las jerarquías espirituales, sino de
potencias demoníacas; e incluso observó que a veces
estas potencias demoníacas penetraban en los fieles que
participaban de los actos. Por razones muy comprensibles, estos
hechos no figuran en los otros Evangelios y, en el fondo, sólo
en el seno de nuestro movimiento espiritual es posible hablar de
semejantes hechos, puesto que sólo en nuestro tiempo el alma
humana puede verdaderamente comprender aquellas profundas y
grandiosas experiencias que en el joven Jesús de Nazareth
tuvieron lugar. Las peregrinaciones prosiguieron hasta los veinte,
veintidós, veinticuatro años de edad, y en el alma
siempre sentía amargura, cuando Jesús observaba el
obrar de los demonios, en cierto modo engendrados por Lucifer y
Arimán, y al darse cuenta de que el paganismo había
llegado al extremo de tener por dioses a los demonios, y más
aún, de representar en los ídolos, imágenes de
las potencias demoníacas atraídas por las ceremonias,
demonios que penetraban y se posesionaban de las gentes que allí
oraban. Las amargas experiencias que Jesús tuvo que sufrir,
condujeron entonces a un acontecimiento final. Aproximadamente a
los veinticuatro años de la vida de Jesús de Nazareth
aconteció lo que, después de la decepción
sufrida a raíz de lo experimentado con la Bath-Kol, fue
otra grave experiencia. Tengo que describirla, si bien hasta ahora no
me ha sido posible escudriñar en qué punto de su viaje
tuvo lugar; pero he podido descifrar, en alto grado, la escena
misma. Creo - sin estar seguro de ello - que fue en un lugar fuera de
Palestina. A la edad de veinticuatro años, Jesús de
Nazareth llegó al lugar de un culto pagano, donde se
hacía ofrenda a determinada divinidad. Allí había
únicamente gente triste, afectada por toda clase de pavorosas
enfermedades psíquicas que se manifestaban hasta en lo
corpóreo. Los sacerdotes, desde hacía tiempo, habían
abandonado el lugar; y Jesús oyó a la gente lamentarse
de que los sacerdotes la habían abandonado, que ahora
carecía de la bendición del sacrificio y que sufría
de lepra y otras enfermedades, precisamente porque los sacerdotes la
habían abandonado. El sufrimiento de esa gente le causó
a Jesús profundo pesar, y en su alma se encendió
inmensa caridad para con esos oprimidos. Parece que ellos,
abandonados por los sacerdotes, como asimismo, como creían,
por su Dios, en cierto modo se dieron cuenta y quedaron
profundamente impresionados por el amor que en el alma de Jesús
se había suscitado. En el corazón de la mayoría
de ellos, repentinamente surgió algo que encontró
su expresión en que esa gente, percibiendo en el rostro
de Jesús el reflejo de su inmenso amor, le dijo: Tú
eres el nuevo sacerdote que nos ha sido enviado. Le obligaron a
colocarse en el altar pagano, y le pidieron hacer el sacrificio para
procurarles la bendición de Dios. Al realizarse todo esto
sucedió que Jesús cayó como si hubiera muerto;
su alma quedó como enajenada, y la gente que había
creído que su Dios había vuelto, percibió lo
horrible de que cayó como si hubiera muerto, aquel a
quien habían tenido por su nuevo sacerdote, enviado del cielo.
Pero el alma enajenada de Jesús de Nazareth se sintió
elevada como a reinos espirituales, como a la esfera del Sol. Y
como resonando desde las esferas del Sol, oyó ahora palabras
como, por la Bath-Kol, muchas veces las había percibido. Pero
la Bath-Kol estaba ahora transformada, convertida en algo
totalmente distinto. Además, la voz le llegó de
otra dirección; y lo que ahora Jesús de
Nazareth[1]
percibió, traducido a nuestro idioma puede sintetizarse en las
palabras, que por primera vez he podido enunciar cuando, hace poco,
se colocara la piedra fundamental de nuestra sede central en
Dornach[2].
Existen, por cierto, deberes ocultos. Obedeciendo a semejante deber
oculto tuve que enunciar entonces lo que, por la transformada voz de
la Bath-Kol, Jesús de Nazareth había percibido al
realizarse lo que acabo de relatar. Estas son las palabras que Jesús
percibió:
AUM,
Amén.
Impera
el Mal,
testigo
de yoidad que se desenlaza,
deuda
del propio ser, por otros acarreada,
vivida
en el pan de cada día,
en
que no domina la voluntad de los cielos,
porque
el hombre se separó de vuestro reino
Y
olvidó vuestro nombre,
Vosotros,
Padres en los cielos.
Únicamente
así puedo traducir a nuestro idioma lo que en aquel momento,
cual la transformada voz de la Bath-Kol, Jesús de Nazareth
había percibido. ¡No es posible traducirlo de otro
modo! Con estas palabras se expresa lo que vivió en el
alma de Jesús de Nazareth, al despertar del desmayo que le
había causado el enajenamiento de su alma. Cuando, al
haberse despertado, Jesús quiso volver los ojos a la multitud
de los afligidos y oprimidos que le habían puesto en el
altar, todos habían huido. Y al dirigir la mirada clarividente
hacia la lejanía, sólo percibió unas cuantas
potencias demoníacas, seres demoníacos vinculados con
esa gente. Esto fue el segundo acontecimiento importante, al terminar
los distintos períodos de la vida de Jesús de
Nazareth, desde la edad de doce años. Ciertamente, no
fueron acontecimientos placenteros, ni dichosos los que más
impresionaron al alma del joven Jesús de Nazareth, sino que
antes de llegar al bautismo en el Jordán, esta alma debió
conocer los abismos de la naturaleza humana. Después de esta
peregrinación Jesús de Nazareth volvió a
casa. Fue aproximadamente a la edad de veinticuatro años,
en el tiempo en que murió el padre, quien había
quedado en casa. El alma de Jesús estaba entonces impregnada
de la viviente y poderosa impresión de los efectos demoníacos
que habían penetrado en elementos de la antigua religión
pagana. Pero así como determinados grados del
conocimiento superior sólo se alcanzan después de
conocer los abismos de la vida, así también fue que
Jesús de Nazareth, alrededor de los veinticuatro años,
debido a que tan hondamente había mirado en las almas humanas
en las cuales, en cierto modo se había concentrado toda la
desolación anímica de la humanidad de aquel tiempo,
había llegado a profundizar la sabiduría, la que,
en verdad, penetra el alma cual hierro candente, pero también
la conduce a la clarividencia, al punto de percibir la luz de las
vastedades del espíritu. De tal modo, esta alma, más
bien joven, había llegado a poseer el tranquilo y penetrante
ojo capaz de leer lo espiritual. Jesús de Nazareth
habíase convertido en un hombre capaz de percibir los
profundos secretos de la vida, de percibirlos más
profundamente que nadie hasta entonces los había percibido,
porque nadie en la tierra había observado hasta qué
grado el infortunio humano puede acrecentarse. Ciertamente, había
visto miseria concentrada, había visto que como por magia, por
medio de ceremonias religiosas, se atrae a toda clase de seres
demoníacos. Nadie en esta tierra sino Jesús de
Nazareth, había observado tan profundamente la desolación
humana; y nadie sino él había experimentado en el alma
tan inmenso y profundo sentimiento ante esa gente posesionada
por los demonios. Nadie estaba tan hondamente preparado para
preguntarse: ¿Cómo puede contrarrestarse la extensión
de tanta miseria en la tierra? De esta manera, Jesús de
Nazareth no sólo estuvo dotado de profunda sabiduría,
sino que, en cierto modo, la vida misma le había convertido en
iniciado. Y llegaron a tener conocimiento de ello hombres que en
aquel tiempo se habían reunido en la orden conocida en todo el
mundo como Orden de los Esenios. Los esenios eran hombres que en
determinados lugares de Palestina cultivaban una especie de
enseñanza oculta; una orden de severas observancias. Para
ingresar en esta orden había que pasar por una rigurosa etapa
preparatoria de por lo menos un año; casi siempre, de más
tiempo. A través de la conducta, los modales, el servicio para
con las supremas potencias espirituales, el amor a la justicia y la
igualdad de hombre a hombre, como asimismo por el renunciamiento
a los bienes exteriores, etc., el pretendiente debía
mostrar que era digno de ser iniciado. Después había
distintos grados de ascender a la vida esenia destinada a acercarse
al mundo espiritual; dentro de cierto aislamiento del mundo de
los demás, de severa disciplina monástica y
ciertas reglas de castidad, con el fin de alejar todo lo corporal y
anímicamente indigno. Esto también se expresa en
ciertas leyes simbólicas de la orden de los esenios. En la
Crónica del Akasha se ha podido descifrar que el nombre
"esenio" se deriva o, al menos, se relaciona con la
palabra judía "essin", o "assin" que
significa algo así como pala, palita; porque los esenios
llevaban consigo, como distintivo, una palita, costumbre que hasta
en nuestros días se conserva en algunas comunidades
monásticas. Los principios esenios también se expresan
en ciertas costumbres simbólicas: de no llevar monedas
consigo, de no pasar por un portal cubierto de pinturas, o cerca del
cual había cuadros. Y puesto que la orden de los esenios
gozaba entonces de cierto reconocimiento exterior, se habían
construido en Jerusalén puertas sin pinturas, de modo que
también los esenios podían ir a la ciudad. Cuando un
esenio llegaba a una puerta con pinturas, siempre debía volver
atrás. Dentro de la orden misma existían antiguas
Escrituras y tradiciones sobre cuyo contenido los miembros de la
orden observaban absoluta discreción. Sólo podían
enseñar lo que dentro de la orden habían aprendido.
Quien ingresaba a la orden, debía traspasarle su fortuna:
En aquel tiempo había cuatro o cinco mil esenios; de
todas partes del mundo de entonces llegaban hombres que se
sometían a las severas reglas de la orden. Muchos que poseían
una casa en algún lugar lejano, en Asia Menor, o más
distante, la regalaban a la orden de los esenios, de modo que por
todas partes ésta obtenía propiedades: casas,
jardines, campos, etc. No se admitía a nadie, si no ingresaba
todos sus bienes al bien común de la orden. Todo era bien
común; el individuo no poseía nada. Una ley muy
severa, comparada con las condiciones de ahora, disponía
que con la fortuna de la orden el esenio podía ayudar a toda
gente necesitada o con sobrecarga, menos a los de la propia familia.
A raíz de una donación hubo en Nazareth una colonia de
la orden de los esenios, por lo que Jesús de Nazareth
justamente entró en la esfera de aquella. En el centro de la
orden se tuvo conocimiento de la profunda sabiduría que, de la
manera descripta, se había inculcado en el alma de Jesús;
y precisamente entre los más prominentes de los esenios se
produjo cierto estado de ánimo. Ellos se habían formado
una concepción que podríamos caracterizar como
profética: De entre los hombres de este mundo habría
de surgir una alma nueva que obraría como un mesías.
Por ello habían buscado si se encontrarían almas
particularmente sabias; y habían quedado profundamente
impresionados al tener conocimiento de lo que se había
desarrollado en el alma de Jesús de Nazareth. De ahí se
explica que los esenios admitieran a Jesús, sin que él
tuviese que pasar por la prueba de los grados inferiores. Le
admitieron en la comunidad como externo -no digo en la orden misma- e
incluso los más sabios de los esenios, frente a este
sabio hombre joven, se tornaron confiados y comunicativos en
cuanto a sus secretos. Efectivamente, en esta orden de los
esenios, Jesús llegó a conocer secretos antiguos
mucho más profundos que los recibidos de parte de los
escribas. También oyó muchas cosas que él mismo,
a través de la Bath-Kol había conocido como por
iluminación de su alma. En fin, hubo un vivo cambio de ideas
entre Jesús de Nazareth y los esenios. De esta manera, él
llegó a conocer, a los 25, 26, 27, 28 años y hasta más
allá, casi todo cuanto la orden de los esenios poseía.
Pues, lo que no se le comunicaba con palabras, lo recibió por
medio de las más diversas impresiones clarividentes. Jesús
tuvo importantes impresiones clarividentes, ya sea dentro de la
comunidad de los esenios, o bien más tarde en su casa en
Nazareth donde, en el marco de una vida contemplativa, él
acogió en su alma lo que provenía de fuerzas que a los
esenios eran ajenas, pero que él recibió en su alma.
Hemos de destacar particularmente una de esas impresiones
interiores, porque ella puede iluminarnos todo el curso de la
evolución de la humanidad. Como fruto de su cambio de ideas
con los esenios, Jesús de Nazareth tuvo una visión muy
importante, por la cual, como por enajenamiento, le apareció
el Buda como realmente presente. Puede decirse que en aquel
tiempo tuvo lugar un diálogo espiritual entre Jesús y
Buda. Es preciso, en nuestro tiempo, hablar de estos importantes
secretos de la evolución de la humanidad. En aquel diálogo
espiritual, el Buda dirigió a Jesús palabras como
estas: Si mi enseñanza se realizara como ella se ha dado,
todos los hombres tendrían que convertirse en esenios. Pero
esto no puede ser. Este fue el error de mi enseñanza. También
los esenios sólo pueden progresar en su desarrollo si apartan
de los demás; para ellos tiene que haber almas distintas de
las demás. Realizándose mi enseñanza, todos los
hombres llegarían a ser esenios; y esto no puede ser. Para
Jesús de Nazareth, este diálogo fue un acontecer de
suma importancia corno resultado de su relación con los
esenios. Otra experiencia consistió en que Jesús llegó
a conocer a otro hombre, también joven, casi de la misma
edad, quien había entrado en relación, si bien de una
manera bien distinta de la de Jesús, con la orden de los
esenios, pero quien tampoco fue verdaderamente esenio: Juan el
Bautista, quien vivió diríamos, como lego dentro de la
comunidad de los esenios. Vestía como los esenios quienes en
invierno se ponían vestimenta de pelo de camello. Pero
jamás pudo cambiar para sí mismo la doctrina judía
por la enseñanza de los esenios. No obstante, como esta
sabiduría y toda la manera de vivir de los esenios, le
causaban profunda impresión, él también vivía,
como lego, de esta manera; cada vez más, se dejaba inspirar
y, paso a paso, iba llegando a lo que en los Evangelios se
relata, con respecto a Juan el Bautista. Muchas veces conversó
Jesús de Nazareth con Juan el Bautista. Y cierto día
ocurrió - sé lo que significa hablar de estas cosas,
sin embargo es preciso hacerlo - sucedió que, conversando
Jesús con Juan el Bautista, desapareció ante la vista
de aquél la corporalidad física del Bautista y Jesús
tuvo la visión de Elías. He aquí el segundo
importante acontecer en el alma de Jesús, dentro de la
comunidad de los esenios. Pero hubo también otros
acontecimientos. Desde hacía algún tiempo, Jesús
había observado lo siguiente. Cuando llegaba a sitios donde
había puertas de los esenios, las que no tenían
pinturas, no podía pasar por semejantes puertas sin
sufrir amargas experiencias. Veía esas puertas sin pinturas,
pero para él había en ellas imágenes
espirituales: a ambos lados siempre aparecía lo que en la
ciencia espiritual conocemos con los nombres de Arimán y
Lucifer. Y con el tiempo se le había formado en el alma
la firme impresión de que la aversión de los esenios a
las pinturas en las puertas tenía que ver con la atracción
mágica de semejantes seres, y que para los esenios tales
pinturas eran como trasuntos de Lucifer y Arimán. Esto lo
había advertido unas cuantas veces. El alma que las
experimenta no se inclina a reflexionar mucho sobre estas cosas,
porque son demasiado conmovedoras, y pronto llega a sentir que el
pensamiento humano no basta para ahondar en ellas, no es capaz de
compenetrarlas. Pero las impresiones no sólo se impregnan
en lo profundo del alma, sino que se convierten en una parte de la
vida anímica misma. Uno se siente vinculado a la parte del
alma en que se acumulan esas experiencias e incluso a las
experiencias mismas, que nos acompañan por el resto de la
vida. De este modo, Jesús de Nazareth siguió llevando
en el alma las dos imágenes, la de Lucifer y la de Arimán
que él había visto en las puertas de los esenios. Al
principio, esto no le había causado otro efecto sino el de
darse cuenta de algún vínculo misterioso entre estos
seres espirituales y los esenios. Después de lo
experimentado en el alma de Jesús, también resultó
difícil entenderse mutuamente, puesto que en su alma
vivía algo que él no pudo mencionar al hablar con los
esenios, ya que cada vez, lo experimentado en las puertas de los
esenios, le impedía proseguir. Después de una
conversación sumamente importante, en que se había
hablado de lo sublime espiritual, al salir por la puerta del
edificio principal de los esenios, Jesús de Nazareth dio
con las figuras de las cuales él sabía que eran Lucifer
y Arimán. Entonces él vio que los dos huían de
la puerta del convento de los esenios; y en su alma surgió una
pregunta. No que él mismo preguntara, sino que con inmensa
fuerza elemental surgió en su alma la pregunta: ¿A
dónde huyen ellos; a dónde huyen Lucifer y Arimán?
Sabía que lo sagrado del convento de los esenios los había
ahuyentado; pero en su alma quedó impregnada la pregunta: ¿A
dónde huyen? Esta pregunta no la pudo arrancar de su
alma; esta pregunta encendió su alma, y con ella vivió
de hora en hora, de minuto en minuto, durante las semanas siguientes.
Después del diálogo espiritual, al haber pasado por la
puerta del edificio principal de los esenios, ardía en su
alma la pregunta: ¿A dónde huyen Lucifer y Arimán?
En la próxima conferencia hablaremos de lo que Jesús
siguió haciendo bajo la impresión de esta pregunta que
se había impregnado en su alma y, además, de lo que él
había oído como la voz cambiada de la Bath-Kol, al
haberse caído junto al altar del culto pagano; y
finalmente, del significado de lo que acabo de relatar.
“QUINTA
CONFERENCIA”
En
la conferencia anterior hemos echado una mirada sobre la vida de
Jesús de Nazareth, desde los doce hasta cerca de los treinta
años de edad. Por lo que he comunicado se comprenderá,
seguramente, que durante dicho período sucedieron muchas cosas
de suma importancia para el alma de Jesús, pero también
de profundo significado para toda la evolución de la
humanidad. Por la ciencia espiritual sabemos que todos los hechos de
esta evolución se relacionan entre sí; de modo que lo
experimentado por el alma de Jesús, que atañe en muchos
sentidos a toda la humanidad, también ha de ser de suma
importancia para la evolución terrestre. De la más
variada manera aprendemos a conocer el significado del acontecimiento
de Gólgota; y en este ciclo de conferencias se trata de
conocerlo por la contemplación de la vida de Cristo Jesús
mismo. Por lo tanto vamos a dirigir la mirada, con que ayer hemos
considerado dicho período, una vez más sobre el alma de
Jesús de Nazareth, para contemplar lo que ella habrá
sentido después de haber experimentado, hasta la edad de
veintiocho, veintinueve años, los significativos
acontecimientos a que en la conferencia anterior me he referido. Para
poder sentir lo que entonces vivió en el alma de Jesús,
voy a relatar un suceso que tuvo lugar hacia fines del tercer decenio
de la vida de Jesús de Nazareth. Se trata de un diálogo
que él sostuvo con su madre, es decir con la que desde que se
habían unido en una sola las dos familias, había
llegado a ser su madre. Con ella siempre se había entendido
perfecta e íntimamente, mucho mejor que con todos los
demás miembros de la familia; o bien, él se entendía
con todos, mas ellos no se entendían lo mismo con él.
Anteriormente, Jesús ya había conversado con su
madre sobre diversas impresiones que en su alma se habían
formado; pero en el citado momento tuvo lugar un diálogo
sumamente importante, que nos deja mirar en lo profundo de su
alma. Por las experiencias que hemos caracterizado, Jesús
había llegado a ser sabio, de modo que su rostro reflejaba
infinita sabiduría. Pero también se había
formado en su interior cierta tristeza: la sabiduría le había
dado el fruto de que su mirada hacia los hombres en torno suyo,
verdaderamente le causaba mucha tristeza. A esto se sumó
el que hacia fines del tercer decenio de su vida, cada vez más,
en sus horas de quietud, recordaba un determinado acontecer: traía
a la memoria el hecho de que a los doce años se había
producido el importante cambio, la revolución en su alma por
el traspaso a su ser del alma de Zaratustra. En los primeros tiempos
después del penetrar en su ser el alma de Zaratustra, en
cierto modo sólo había sentido en sí mismo el
infinito enriquecimiento interior. Al final de su tercer decenio aún
no sabía que él era Zaratustra reencarnado, mas sí
sabía que a los doce años se había producido en
su alma un profundo cambio. Y ahora, muchas veces le surgió el
sentimiento: ¡Cuán diferente había sido mi vida
antes de aquel cambio! A menudo recordó el infinito calor
anímico de entonces. En su infancia había estado
ensimismado, con caluroso afecto en todo lo que de la Naturaleza
habla al hombre, y con amor a todo lo sublime en ella. Pero había
poseído poca disposición para adquirir los tesoros del
saber humano. Poco le había interesado lo que se aprende por
la educación escolar. Sería totalmente erróneo
creer que hasta los doce años este niño Jesús
hubiese tenido dotes especiales en sentido exterior. Había
poseído ternura de corazón, profunda comprensión
por lo humano y viviente sensibilidad, ánimo benigno
angelical. A los doce años, todo esto pareció haberle
abandonado súbitamente; y ahora recordó y sintió
como, antes de la edad de doce años; había estado
vinculado a todo lo profundo del espíritu del mundo y que su
alma había estado abierta a las infinitas vastedades
espirituales; y cómo, a partir de los doce años, se
sintió en su alma apto para apropiarse la erudición
hebrea, la que espontáneamente acogió como de sí
mismo; como, viajando, llegó a conocer los cultos paganos;
que tuvo ante el alma el saber y la religiosidad del paganismo; y,
además, que entre los dieciocho y veinticuatro años
de edad, vivió con las conquistas civilizadoras de la
humanidad; y que, aproximadamente a la edad de veinticuatro años,
ingresó en la comunidad de los esenios, donde conoció
a una doctrina oculta y a hombres dedicados a ella, Todo esto lo
recordó muchas veces. Pero también fue consciente
de que con ello, en el fondo, no reunió en el alma sino lo que
desde la antigüedad el hombre había acumulado en sí
mismo; vivió con lo que se ofrecía como tesoros humanos
de sabiduría, de cultura, de conquistas morales. También
recordó, muchas veces, su vida anterior a los doce años,
cuando él se había sentido vinculado al origen
divino de la existencia, cuando todo en él se había
basado en lo elemental y lo primitivo, cuando todo surgió de
su ánimo rebosante, caluroso y lleno de amor, en íntima
consonancia con las demás fuerzas del alma humana. Estos
sentimientos condujeron entonces a un bien definido diálogo
con su madre. Ella le amaba inmensamente y a menudo había
hablado con él sobre todo lo hermoso y grandioso que en
él se había formado desde sus doce años de edad.
Al principio, él no había confesado a su madre la
disonancia que ello había suscitado en su interior, de
modo que ella sólo había visto lo hermoso y grandioso
y, por lo tanto, ignoraba mucho de lo que, cual una confesión
general, con este diálogo fue dado; pero lo acogió
íntimamente y de todo corazón. Hubo en ella una íntima
comprensión del sentimiento de Jesús y de que él
añoraba lo que antes de los doce años había
poseído. Trató de consolarle, destacando todo lo
hermoso y sublime que desde entonces había aparecido en
él. Le recordó el resurgimiento de las grandes
doctrinas, la sabiduría y el tesoro de las leyes del judaísmo
y todo cuanto por él se había manifestado. Con el
corazón oprimido, Jesús escuchó a la madre
apreciar lo que él consideró como algo superado, y
le respondió; Todo esto será cierto; empero ¿qué
importancia puede tener para la humanidad, si por mí o por
otro se hicieran resurgir todos los antiguos magníficos
tesoros espirituales del judaísmo? En el fondo, carece de
importancia lo que de tal manera pudiera manifestarse. Ciertamente,
si ahora en torno nuestro existiera una humanidad que tuviese oídos
para oír el lenguaje de los profetas antiguos, entonces sí
sería provechoso hacer resurgir los antiguos tesoros de
sabiduría. Incluso si hoy viniera Elías -así
habló Jesús- para enunciar lo mejor que él había
experimentado en las vastedades celestes; no existen los hombres
que tendrían oídos para oír la sabiduría
de Elías, ni de los profetas anteriores, ni de Moisés,
ni de los demás, hasta llegar a Abraham. Hoy no sería
posible enunciar lo que ellos habían dado; el viento se
llevaría sus palabras. Para el mundo de hoy, no tiene ningún
valor lo que yo creía haber adquirido. Así habló
Jesús de Nazareth y se refirió a que, hacía
poco, las palabras de un gran maestro habían quedado perdidas.
Si bien no fue un maestro de la altura de los profetas antiguos, fue,
no obstante, un importante y profundo maestro, el bondadoso Hil-lel,
el Viejo (75 a. de J.C. - 4 d. de J.C.). Jesús sabía
muy bien que Hil-lel, el Viejo, aún en los tiempos de
Herodes en que no era fácil ganar prestigio, era muy apreciado
dentro del judaísmo; también sabía que Hil-lel
había pronunciado fervorosas palabras. De él se
había dicho: en el pueblo judío, la Tora
desapareció, pero Hil-lel la restableció. Para los que
le comprendieron, Hil-lel apareció como renovador de la
primitiva sabiduría judía. El anduvo de lugar en
lugar como uno de los maestros de la sabiduría; cual un nuevo
mesías anduvo por territorio del pueblo judío. Era de
carácter muy apacible. Todo esto se relata incluso en el
Talmud, y también lo verifica la erudición
exterior. La gente le elogiaba con entusiasmo y decía que
era un hombre que hacía mucho bien. Sólo puedo
citar algunos ejemplos para caracterizar cómo Jesús de
Nazareth habló a su madre aludiendo al estado anímico
de Hil-lel. Los relatos le caracterizan como hombre bondadoso y
apacible que por su benevolencia y amor hacía muchísimo
bien. Se conserva un relato profundamente significativo que demuestra
la gran paciencia y complacencia de Hil-lel. Dos personas hacían
una apuesta sobre la posibilidad de encolerizar a Hil-lel; pues era
sabido que éste de ningún modo podría
enfurecerse. Uno de los dos que hacían la apuesta decía:
haré todo lo posible para conseguir que Hil-lel se
encolerice. En el momento en que éste estaba sumamente ocupado
con los trabajos preparatorios para el sábado, aquel
hombre de la apuesta llamó a la puerta de Hil-lel y le
dijo, no en tono cortés ni dándole el tratamiento de
rigor -ya que Hil-lel era presidente de la suprema autoridad
religiosa sino que simplemente llamó: "¡Hil-lel,
rápido, ven afuera!" El, poniéndose una
prenda, salió pacientemente. El hombre, en tono vehemente,
dijo: "Tengo que preguntarte algo". Hil-lel respondió:
"Mi querido ¿qué pregunta tienes?" El
otro: "Tengo que preguntarte ¿ por qué los
babilonios tienen la cabeza tan delgada?" Hil-lel, en tono
suave, le contesta: "Pues, mi querido, los babilonios tienen la
cabeza tan delgada porque tienen parteras de poca habilidad". El
otro se retiró. Hil-lel se había mantenido
apacible. Después de unos minutos, el otro volvió
y llamó con tono brusco: " ¡Hil-lel, ven afuera,
tengo que preguntarte algo!" Hil-lel, poniéndose el
abrigo, salió y le dijo: "Pues, mi querido ¿qué
pregunta tienes ahora?" Responde aquél: "Tengo que
preguntarte, ¿por qué los árabes tienen los ojos
tan chiquitos?" Hil-lel, afablemente le respondió: "El
desierto es tan grande; los ojos se achican al mirar el enorme
desierto". El hombre de la apuesta se atemorizó. Hil-lel
volvió a su trabajo, y después de unos minutos, el otro
llamó por tercera vez, en tono brusco: " ¡Hil-lel,
ven afuera, tengo que preguntarte algo!" Hil-lel se puso el
abrigo, salió y preguntó afablemente: "Ahora ¿qué
tienes que preguntar?" "Tengo que preguntarte; ¿por
qué los egipcios tienen los pies tan planos?" "Porque
el territorio es tan pantanoso", respondió Hil-lel y
volvió a su trabajo. Después de pocos minutos aquél
volvió y dijo que ahora no quería preguntar nada,
pero que había hecho la apuesta de conseguir enfurecerle y que
no sabía cómo hacerlo. Y Hil-lel le dijo
apaciblemente: "Mi querido, es preferible que tú pierdas
la apuesta a que Hil-lel se encolerice". Esta leyenda atestigua
la paciencia de HiI-lel, paciencia con cada uno que le
molestaba. En cierto sentido, semejante hombre se parece a un antiguo
profeta; así lo explicó Jesús a su madre. Muchas
palabras que de Hil-lel conocemos, suenan como una renovación
de la era de los antiguos profetas. Jesús citó algunas
hermosas palabras de Hil-lel, y luego dijo: "Mira, querida
madre, de Hil-lel dicen que él es como un antiguo profeta
resurgido. Yo pienso que todo mi saber no proviene únicamente
del judaísmo". Ciertamente Hil-lel había nacido en
Babilonia, y sólo más tarde había sido
trasladado al territorio judío. Pero era descendiente de la
estirpe de David; de tiempos remotos venía su parentesco
con la estirpe de David, de la que también provenían
Jesús y los suyos. Y dijo Jesús: "Por más
que yo hablara como había hablado ese gran hombre, Hil-lel,
como hijo de David, hoy no existen los hombres que podrían
oírlo"; semejantes palabras resultan ahora fuera de
lugar; en los tiempos remotos eran adecuadas. Ya no existen los que
tendrían oídos para oír. Todo lo que de esta
manera se dijese, resultaría fútil e inútil.
Como resumiendo lo que en este sentido tenía que decir,
Jesús de Nazareth dijo a la madre: "Ya no es apropiado a
esta tierra lo enunciado por el antiguo judaísmo, pues no
están más los antiguos judíos. Hay que
considerarlo como algo sin valor en nuestra tierra". De un modo
poco común la madre oyó hablarle de la futilidad de lo
que para ella era lo más sagrado; pero le amaba de todo
corazón, y sólo sintió infinito amor. Debido a
ello se suscitó en la madre algo como una íntima
comprensión de lo que él quiso decirle. Jesús
siguió hablando y pasó a relatar lo que había
experimentado en los lugares del culto pagano. Recordó en
espíritu que se había caído junto al altar
pagano, y que había oído la voz cambiada de la
Bath-Kol. Y se encendió en él la luz cual una
renovación de la antigua sabiduría de Zaratustra. Aún
no sabía claramente que en sí mismo portaba el alma de
Zaratustra, pero mientras hablaba, surgieron en él la
sabiduría y el impulso de Zaratustra. En comunidad con su
madre, vivió en él el grandioso impulso de Zaratustra.
En su alma surgió todo lo hermoso y grandioso de la
antigua sabiduría solar. Recordó las palabras de
la Bath-Kol y las pronunció para la madre:
AUM,
Amén.
Impera
el Mal, testigo de yoidad que se desenlaza, deuda del propio ser, por
otros acarreada, vivida en el pan de cada día, en que no
domina la voluntad de los cielos, porque el hombre se separó
de vuestro reino Y olvidó vuestro nombre, Vosotros, Padres en
los cielos.
Con
estas palabras, todo lo grandioso, incluso del culto de Mithra, vivió
en su alma como por genialidad interior. Habló con su
madre sobre la grandeza y la gloria del culto pagano, y sobre lo que
vivía en los Misterios de los pueblos antiguos; mucho de lo
cual se había unido en los Misterios del Asia Occidental y del
Sur de Europa. Pero en su alma también vivió el
sentimiento de que paso a paso ese culto, al caer bajo la influencia
de potencias demoníacas, había sufrido una
transformación, lo que él mismo había
experimentado aproximadamente a la edad de veinticuatro
años. Todo eso lo recordó, y entonces, también
la sabiduría de Zaratustra le apareció como algo para
lo cual ya no era apto el hombre de entonces. Lo expresó
con estas palabras significativas: "Por más que se
aunasen todos los Misterios con todo lo grandioso de los tiempos
pasados, los hombres ya no existen, para oírlo. Todo eso es
inútil. Si yo saliera para enunciar a los hombres lo que oí
como la voz cambiada de la Bath Kol, si yo hablara del secreto
por qué el hombre en su cuerpo físico ya no puede vivir
en comunidad con los Misterios, no existen los hombres que podrían
comprenderlo; todo se pervertiría en fuerza demoníaca.
No existirían oídos para comprender mis palabras.
Los hombres han perdido la capacidad para oír lo que antaño
se había enunciado y escuchado". Porque ahora Jesús
sabía que aquello que él había oído
como la transformada voz de la Bath-Kol, fue una antiquísima
sabiduría sagrada, una oración que pertenecía al
tesoro espiritual de todos los Misterios, oración que había
caído en el olvido, pero que en él surgió al
haberse caído junto al altar pagano. Pero también vio,
y lo expresó en aquel diálogo, que ya no había
posibilidad para hacerlo comprender. Continuando el diálogo,
Jesús contó a su madre lo que conoció en la
comunidad de los esenios; habló de lo hermoso, grandioso y de
la gloria de la enseñanza de los esenios, de su benevolencia y
de su afabilidad. Y entonces agregó, como tercera palabra
significativa, lo que habla llegado a comprender en su diálogo
visionario con el Buda: no todos los hombres pueden convertirse
en esenios. Cuán acertadas fueron las palabras de
Hil-lel: no te separes de la comunidad, antes bien, trabaja y actúa
dentro del conjunto de todos. Pues, ¿qué soy si me
quedo solo? Pero así proceden los esenios: se apartan de
los demás, los que de este modo se vuelven desafortunados.
Después contó a la madre lo que en la conferencia
anterior he relatado: "Cuando un día salí, después
de un íntimo e importante diálogo con los esenios,
percibí en la puerta que Lucifer y Arimán huían;
y desde entonces sé, mi querida madre, que por su vida y su
doctrina oculta, los esenios se protegen a sí mismos de tal
manera que de sus puertas deben huir Lucifer y Arimán.
Pero con esto los esenios envían a Lucifer y Arimán
a los demás, para hacerse afortunados a sí mismos."
Esta palabra impresionó profundamente al alma afectuosa de la
madre; y se sintió a sí misma como transformada y en
armonía con Jesús. Pero Jesús de Nazareth
tuvo la sensación como si con este diálogo todo lo que
poseía en su interior se hubiese retirado de él. Lo
vio, y la madre lo vio. Cuanto más hablaba con la madre,
cuanto más ella le escuchaba, tanto más la madre supo
cuánta sabiduría había vivido en él,
desde la edad de doce años. Mas todo resultó como
desvanecido; en cierto modo, Jesús había puesto en el
corazón de la madre todo lo vivido y lo experimentado por
él. Con ese diálogo él también fue
transformado, y esto de tal manera que a los hermanastros y los demás
parientes les pareció que él había perdido
la lucidez mental. Cómo lo lamentamos, decían ellos, ya
que él fue tan sabio; siempre estuvo muy callado, pero
ahora ya no está en su juicio. Y le consideraban como hombre
perdido. Efectivamente, días enteros anduvo como en estado de
somnolencia: el yo de Zaratustra estuvo a punto de abandonar el
cuerpo de Jesús de Nazareth. Y finalmente surgió en él
la decisión que le condujo, como movido mecánicamente,
al ya conocido Juan el Bautista. Aconteció entonces el
bautismo en el Jordán a que muchas veces me he referido. Con
el diálogo con la madre se había retirado el yo de
Zaratustra, y con ello hubo nuevamente lo que había
existido hasta la edad de doce años, pero acrecentado, más
grandioso. Con el bautismo en el Jordán se sumergió
en este cuerpo el Cristo; y en el mismo instante en que ocurrió
el bautismo, la madre sintió algo como el fin de aquella
transformación. Tenía entonces cuarenta y cinco a
cuarenta y seis años, y se sintió a sí misma
como compenetrada del alma de la madre que había muerto, la
del niño Jesús que a los doce años había
recibido el yo de Zaratustra. El espíritu de la otra
madre descendió y se unió con la madre con la cual
Jesús había sostenido aquel diálogo; y ésta
se sintió como aquella joven madre, la del niño Jesús
del Evangelio de Lucas. Representémonos de la justa manera la
infinita importancia de aquel acontecimiento, y tratemos de
sentir el significado de que con ello vivió en la tierra un
ser singular: el Cristo en un cuerpo humano, una entidad que
jamás había vivido en un cuerpo humano; que hasta
entonces no había conocido ninguna vida terrenal, sino
únicamente los reinos espirituales. De lo terrenal sólo
supo lo que en cierto modo se había acumulado en los
cuerpos físico, etéreo y astral de Jesús de
Nazareth. El Cristo descendió a estos tres cuerpos, como ellos
habían devenido a través de los treinta años de
vida que hemos descripto. Libre de todo, el Cristo vivió lo
que entonces le tocó experimentar. La Crónica del
Akasha y el Quinto Evangelio nos indican que el Cristo primero
fue conducido a la soledad. Jesús de Nazareth, en cuyo
cuerpo ahora estaba el Cristo, se había privado de todo lo que
le había vinculado con el mundo; y el Cristo, que sólo
ahora había arribado a la tierra, ante todo fue atraído
por lo que, debido a las impresiones conservadas en la memoria,
firmemente se había grabado en el cuerpo astral. En
cierto modo, el Cristo se decía a sí mismo: este
es el cuerpo que había visto que Arimán y Lucifer
huyeron, y que había sentido que los esenios, en su aspirar,
empujan hacia los demás a Arimán y Lucifer. Hacia estos
dos, el Cristo se sintió atraído, pues son ellos con
quienes los hombres deben luchar. A la soledad, para luchar con
Arimán y Lucifer, fue atraído el Cristo, que por
primera vez vivió en un cuerpo humano. Creo que en gran medida
es verdadera la escena que ahora voy a relatar. Observar semejantes
cosas en la Crónica del Akasha es muy difícil, por
lo que advierto expresamente que ciertos pormenores posiblemente haya
que modificarlos en forma insignificante; pero lo esencial está.
Muchas veces me he referido a que la escena de la tentación,
los Evangelios la relatan según distintos aspectos. Me he
esforzado en investigarla, y voy a contar imparcialmente como ella
realmente fue. En la soledad, el Cristo en el cuerpo de Jesús
de Nazareth, primero encontró a Lucifer, la entidad que
se aproxima al hombre presuntuoso, falto de humildad y conciencia del
propio ser. Lucifer se dirige al falso orgullo y a la altanería
del hombre. Lucifer se enfrentó al Cristo, diciéndole,
aproximadamente, lo que también figura en los otros
Evangelios: ¡Mírame! Los reinos en que el hombre ha sido
colocado, fundados por los antiguos dioses, ya son anticuados.
Yo voy a fundar un nuevo reino y te daré todo lo que de
belleza y gloria en los antiguos reinos existe, si tú entras
en mi reino. Pero debes separarte de los otros dioses y
reconocerme a mí. Lucifer le describió toda la belleza
de su propio mundo, y todo lo que hablaría al alma humana, si
ella tuviera un poco de orgullo. Pero como Cristo había venido
de los mundos espirituales, sabía quién es Lucifer y a
qué debe atenerse el alma para no ceder a la tentación.
Cristo no conocía la tentación de Lucifer, pero El
sabía cómo se está al servicio de los
dioses, y poseía la fuerza para rechazar a Lucifer. Para un
segundo ataque, Lucifer llamó a Arimán para que
éste le ayudase; y ambos se dirigieron al Cristo. Uno trató
de incitarle al orgullo: Lucifer; el otro habló a su miedo:
Arimán. De esta manera, aquél le dijo: Con mi
espiritualidad, con lo que yo puedo darte, no te hará falta lo
que ahora necesitas por haber adoptado, como Cristo, un cuerpo
humano. 'Este cuerpo te subyuga, te obliga a reconocer las leyes de
la gravitación. Si yo te arrojo al abismo, el cuerpo humano te
impide quebrantar la ley de gravitación. Pero si tú
me reconoces a mí, yo voy a anular las consecuencias de la
caída, y nada te pasará. Arimán le dijo: yo voy
a librarte del miedo, ¡arrójate! Ambos le acosaron, pero
como en su acosamiento en cierto modo se equilibraron, el Cristo
pudo librarse de ellos; El encontró la fuerza que en la Tierra
el hombre debe encontrar para elevarse sobre Lucifer y Arimán.
Arimán dijo entonces a Lucifer: tu presencia me estorba;
en vez de aumentar mis fuerzas, las disminuiste. El último
ataque lo emprendió Arimán solo, diciendo al Cristo lo
que encuentra su expresión en el Evangelio de Mateo: Haz que
lo mineral se convierta en pan; si te jactas de poseer fuerzas
divinas, di que estas piedras se hagan pan. Mas el Cristo respondió:
no sólo de pan vivirá el hombre, sino de lo
espiritual que proviene de los mundos espirituales. Esto lo sabía
muy bien el Cristo, porque acababa de descender de los mundos
espirituales. Pero Arimán le respondió: por más
que tú tengas razón, realmente esto no me impide
tenerte sujeto, en cierto sentido. Tú únicamente sabes
lo que hace el espíritu que desciende de las alturas; jamás
estuviste en el mundo humano. Aquí abajo, en el mundo humano,
viven hombres que verdaderamente necesitan que las piedras se hagan
pan, pues no les es posible nutrirse de espíritu solamente.
Este fue el momento en que Arimán decía al Cristo algo
que en la tierra se podía saber, pero que el Dios que en aquel
momento había descendido, desconocía. El no sabía
que aquí abajo hacía falta convertir en pan el mineral,
el metal. Y Arimán respondió que aquí abajo
el hombre se ve en la necesidad de nutrirse con el dinero. He
aquí el punto en que Arimán todavía tenía
poder. Y él dijo entonces: ¡Voy a valerme de este
poder! Esto es el verdadero relato de la tentación. En ella
quedó un punto sin resolver. Los problemas no encontraron
solución definitiva. Los problemas concernientes a Lucifer se
resolvieron, por cierto, no así los referentes a Arimán.
Para ello hace falta algo más [3].
Al salir de la soledad, el Cristo Jesús se sintió
llevado más allá de todo lo vivido y aprendido a partir
de los doce años; sintió reunido el
Espíritu-Cristo con lo que en Jesús había
vivido antes de la edad de doce años. En verdad, ya no se
sintió vinculado a lo que en la humanidad había quedado
envejecido y árido. Hasta el lenguaje que en su mundo se
hablaba, le dejó indiferente y al principio, incluso quedó
callado. Anduvo por las cercanías de Nazareth y algo más
allá; visitó muchos de los lugares, por los que ya como
Jesús de Nazareth había pasado, y entonces sucedió
algo sumamente notable. Téngase bien presente que relato
lo que pertenece al Quinto Evangelio, y no vendría al caso que
alguien quisiera descubrir contradicciones con respecto a los
otros cuatro Evangelios. Me atengo al contenido del Quinto Evangelio.
Muy callado, como no teniendo nada en común con su mundo
circundante, el Cristo anduvo, al principio, de albergue en albergue,
trabajando con la gente en los respectivos lugares. Lo vivido
con lo que Arimán le había dicho sobre el pan, le había
dejado profundamente impresionado. En todas partes, en los lugares
donde antes había trabajado, volvió a encontrar gente
conocida. Esos hombres se acordaron de El, y allí realmente
encontró la gente a la cual Arimán debe tener acceso,
porque para ella es imprescindible que las piedras se hagan pan o, lo
que es lo mismo, convertir en pan el dinero, el metal. No hacía
falta ir a la gente que observaba las máximas morales de
Hil-lel o de otros; pero entró en las moradas de aquellos que
en los otros Evangelios son llamados los publicanos y pecadores,
porque para ellos era necesario que las piedras se hicieran pan.
A ellos principalmente los visitó. Pero ahora se había
llegado a algo nuevo. Muchos de esos hombres le conocían de
antes de sus treinta años, pues ya como Jesús de
Nazareth había estado con ellos, quienes habían
conocido su naturaleza apacible, su amor y sabiduría. En cada
casa, en cada albergue se le había amado profundamente. Este
amor había quedado, y mucho se habló del amor de ese
hombre, Jesús de Nazareth, que había estado en
aquellas casas y en esos lugares. Y como por efecto de leyes
cósmicas sucedió lo siguiente: me refiero a escenas
muchas veces repetidas, reveladas por la investigación
clarividente. Los miembros de familias, donde Jesús de
Nazareth había trabajado, se habían reunido
después de la puesta del sol, hablando entonces del amor y la
caridad de ese hombre que como Jesús de Nazareth había
estado en sus casas, como asimismo de los calurosos sentimientos que
él había suscitado en sus almas. Y muchas veces había
sucedido que, después de horas enteras de semejantes
reuniones, entraba en la habitación, como por una visión
común de todos los miembros de la familia, la imagen de Jesús
de Nazareth. Efectivamente, él los visitaba en espíritu,
o también, ellos se creaban su imagen espiritual. Podemos
imaginarnos los sentimientos que surgieron en el seno de semejantes
familias, que antes habían tenido esa visión en
común, cuando, después del bautismo en el Jordán,
El volvió. Ellos le reconocieron por su semblanza
exterior, sólo que ahora el brillo de los ojos era más
intenso. Vieron el rostro resplandeciente que otrora los había
mirado con tanto amor; vieron al hombre que en espíritu
había estado con ellos. Podemos imaginarnos lo extraordinario
que ahora sucedió en esas familias y en los pecadores y
publicanos, quienes, debido a su karma, estaban expuestos a todos los
seres demoníacos de aquel tiempo. Ahora se puso de manifiesto
la naturaleza cambiada de Cristo Jesús; principalmente en
semejantes hombres se hizo evidente lo que por el habitar del Cristo
en Jesús de Nazareth; éste había llegado a
ser. Antes, esos hombres habían sentido su amor, su bondad y
su naturaleza apacible; pero ahora emanó de El un poder
mágico. Si antes ellos sólo se habían sentido
confortados, ahora se sintieron curados. También llamaron a
sus vecinos, si éstos también estaban oprimidos.
De tal manera sucedió que, después de haber
vencido a Lucifer, y cuando de Arimán sólo le quedaba
el aguijón, Cristo Jesús pudo hacer, para los hombres
sumidos al dominio de Arimán, lo que en la Biblia se describe
como la expulsión de los demonios. Muchos de aquellos
demonios que él había visto cuando había caído
junto al altar pagano, ahora se retiraron, cuando El, como
Cristo Jesús, estuvo frente a esos hombres. Los demonios
percibieron a su adversario. Cuando ahora anduvo por la campiña,
el comportamiento de los demonios en las almas humanas, le hizo
recordar que había caído junto al altar del sacrificio,
donde en lugar de los dioses estaban los demonios, y que él
no podía celebrar el culto. También se acordó de
la Bath-Kol que le había enunciado la oración de
los antiguos Misterios; principalmente tuvo en mente la palabra:
"vivida en el pan de cada día". Los hombres a
quienes visitó ahora, debían de las piedras hacer pan.
Muchos de ellos pertenecían a los que sólo de pan deben
vivir. Y la palabra de la antigua oración pagana: "vivida
en el pan de cada día" la sintió en lo profundo
del alma; sintió lo que significa la incorporación
del ser humano en el mundo físico, y que, en el curso de la
evolución de la humanidad, debido a esa necesidad, la
incorporación física del hombre había conducido
a que los hombres olvidasen los nombres de los Padres en los cielos,
los nombres de los seres espirituales de las jerarquías
superiores. Además, sintió que no había hombres
capaces de oír la voz de los antiguos profetas. Ahora supo que
la vida basada en el pan de cada día separó al hombre
de los reinos celestes, y que esta vida hace brotar el egoísmo
y conduce al hombre hacia Arimán. Cuando, entregado a
semejantes pensamientos, Cristo Jesús caminaba por las
distintas comarcas, aconteció que se convirtieron en sus
discípulos y le siguieron, los que más profundamente
sintieron la transformación que en Jesús de Nazareth se
había producido. De diversos albergues llevó
consigo a este o aquel que le siguió, movido por el profundo
sentimiento a que me refiero. De modo que pronto hubo en torno de El
un grupo de discípulos; hombres que en cierto sentido habían
adquirido un nuevo estado de su alma, hombres que por la fuerza
del Cristo habían llegado a distinguirse de los que - como lo
había dicho a su madre - ya no eran capaces de oír lo
antiguo. Y en El se encendió la experiencia terrenal del
Dios: tengo que enseñar a la humanidad, no como los dioses
condujeron al hombre de lo espiritual a la tierra, sino como él
ha de encontrar el camino de la tierra al espíritu.
Nuevamente recordó la voz de la Bath-Kol y ahora supo que
habría que renovar las fórmulas y oraciones de los
tiempos antiguos, y que el hombre deberá buscar el camino
desde abajo hacia los mundos espirituales. Las últimas
palabras de la oración las cambió, dándoles
sentido inverso, adecuado al hombre del tiempo nuevo, y porque
había que ponerlas en relación no con todo el coro de
las entidades espirituales de las jerarquías, sino con el ser
espiritual único: "Padre nuestro en el cielo." Y las
palabras que El había oído como en penúltimo
lugar de la oración de los Misterios: "y olvidó
vuestro nombre", las cambió para adecuarlas a la
humanidad del tiempo nuevo: "santificado sea tu nombre" y
las palabras en el antepenúltimo lugar que decían:
"porque el hombre se separó de vuestro reino", las
invirtió: "venga tu reino a nosotros". Las palabras
"en que no domina la voluntad de los cielos", también
las invirtió, dándoles el sentido adecuado a cómo
ahora los hombres pudiesen oírlas, ya que ahora no había
nadie que pudiera oír la fórmula antigua. Un total
cambio del camino a los mundos espirituales debía
producirse, por lo cual las invirtió: "sea hecha tu
voluntad, como en el cielo, así también en la tierra."
El misterio del pan, o sea, de la incorporación en el cuerpo
físico, el secreto de todo lo que ahora, por el aguijón
de Arimán se le había revelado, lo transformó de
tal manera que el hombre pudiese sentir que el mundo físico
también proviene del mundo espiritual, aunque el hombre
no lo reconozca espontáneamente. Por eso, las palabras acerca
del pan de cada día las transformó en el ruego:
"danos hoy nuestro pan de cada día". Las palabras
"deuda del propio ser, por otros acarreada" las cambió
así: "perdónanos nuestras deudas como también
nosotros perdonamos a nuestros deudores." Y las palabras que en
la oración de los antiguos Misterios resonaban en el segundo
lugar: "testigo de yoidad que se desenlaza", las invirtió
así: "mas líbranos", y las primeras:
"Impera el Mal", las transformó, agregando "del
Mal. Amén." Por la inversión de la transformada
voz de la Bath-Kol, que Jesús de Nazareth había oído
al haberse caído junto al altar, el Padrenuestro del
cristianismo se nos presenta como la oración de los nuevos
Misterios que el Cristo Jesús nos ha dado. De un modo similar
aparte de mucho que aún habrá que exponer también
fue dado el sermón del monte y otras cosas más que
Cristo Jesús enseñó a sus discípulos. El
Cristo Jesús influyó en sus discípulos de un
modo singular. Hay que tener presente que simplemente estoy
describiendo lo que se lee en el Quinto Evangelio. Cuando el
Cristo andaba por las distintas comarcas, ejercía un efecto
extraordinario sobre los demás. Estaba, por cierto, en
comunidad con los apóstoles; empero, como El era el Cristo,
fue como si no solamente estuviese en su cuerpo; sino que en los
lugares por donde andaba, sucedía que uno u otro tenía
la sensación de que en sí mismo estuviese presente
el Cristo. Tenía la sensación de que en el alma propia
estaba la entidad perteneciente" al Cristo Jesús: y tal
hombre empezaba a expresar las palabras que en realidad sólo
el Cristo Jesús hubiera podido decir. Al encontrarse con la
gente El y sus discípulos, sucedía entonces que quien
hablaba no era en todos los casos el Cristo Jesús mismo, sino
que también hablaba uno u otro de los discípulos; pues
El tenía con los discípulos todo en común,
inclusive la sabiduría. Francamente, me sorprendió
sobremanera el percatarme que en el diálogo con los
saduceos a que se refiere el Evangelio de Marcos, el Cristo Jesús
no habló a través del cuerpo de Jesús, sino de
la boca de uno de los discípulos. También sucedía
que, cuando a veces el Cristo Jesús dejaba a sus discípulos,
estaba, no obstante, entre ellos; ya sea que entonces caminaba con
ellos en espíritu, o bien, estando lejos, aparecía a
ellos en su cuerpo etéreo. Su cuerpo etéreo o estaba
con ellos, o andaba por la campiña; y muchas veces no era
posible distinguir si El, por decirlo así, llevaba el cuerpo
físico consigo, o si se trataba de la aparición del
cuerpo etéreo. Así fue el vínculo con los
discípulos y con otros hombres cuando Jesús de
Nazareth había devenido Cristo Jesús; pero El
mismo experimentó lo que ya he mencionado: mientras que
en los primeros tiempos la entidad de Cristo se hallaba relativamente
independiente del cuerpo de Jesús de Nazareth, debió,
cada vez más, asemejarse a este cuerpo. A medida que corría
el tiempo iba intensificándose la atadura al cuerpo de
Jesús de Nazareth; y en el último año apareció
un profundo dolor debido a esta atadura al cuerpo, ya bastante
debilitado, de Jesús de Nazareth. No obstante, aún
sucedía que Cristo iba de lugar en lugar, acompañado
de un ya bastante numeroso grupo. Cuando en este o aquel lugar uno de
ellos hablaba, podía creerse que era el Cristo mismo quien
hablaba, pues El hablaba por la boca de todos. Hubo, por ejemplo, un
diálogo entre los escribas. Ellos decían: para
aborrecimiento del pueblo se podría prender y matar a
cualquiera de ellos, pero se tomaría, quizás, a Uno por
otro, pues todos hablan de igual modo. Por lo tanto, esto no
resuelve nada, ya que posiblemente el verdadero Cristo Jesús
sobreviviría. Es preciso prender al Cristo mismo. Sólo
los discípulos mismos fueron capaces de hacer la distinción;
pero ellos, naturalmente, no iban a decir al enemigo quién era
el verdadero Cristo. Pero ahora, Arimán había
adquirido fuerza suficiente con respecto a la pregunta que había
quedado sin resolver, pregunta que el Cristo no pudo decidir en los
mundos espirituales, si no únicamente en la tierra.
Por el hecho más grave tuvo que conocer lo que significa hacer
pan de las piedras. Pues Arimán recurrió a la
complicidad de Judas Iscariote. Por la manera de cómo el
Cristo obraba, no hubiera existido ningún recurso espiritual
para descubrir quién, en medio de los que le veneraban, era el
Cristo. Pues donde el espíritu, incluso lo supremo de la
fuerza persuasiva, ejercía su influencia no fue posible
apoderarse de El. Únicamente se logró aprehenderle
donde actuaba quien empleaba el medio desconocido al Cristo y
que El no llegó a conocer sino por el acto más grave
sobre la Tierra. Por ningún otro medio hubiera sido posible
reconocerle sino únicamente porque intervino quien se puso al
servicio de Arimán, quien efectivamente sólo por el
dinero llegó a cometer la traición. El vínculo
de Cristo con Judas consistía en que en la escena de la
tentación había tenido lugar lo que es comprensible en
el Dios: El no sabía que sólo para el cielo es cierto
que para el pan no se necesitan piedras. La traición se hizo
porque Arimán había retenido el aguijón.
Además, el Cristo debió someterse al dominio de la
muerte, por cuanto que Arimán tiene poder sobre ésta."He
aquí el vínculo de la escena de la tentación
y del Misterio de Gólgota con la traición de Judas.
Mucho más habría que enunciar concerniente al Quinto
Evangelio; pero las demás partes del mismo seguramente se
darán a conocer en el curso de la evolución de la
humanidad. Por los relatos escogidos he tratado de dar una idea de
cómo es este Evangelio. Y ahora, al final de estas
conferencias, siento nuevamente, en lo profundo del alma, lo
expresado en la primera conferencia, es decir, que son las
necesidades de nuestro tiempo las que exigen hablar del Quinto
Evangelio. Y lo expuesto en esta oportunidad también requiere
que sea acogido en concordancia con estas condiciones. Sabemos que la
ciencia espiritual y nuestro movimiento antroposófico
tienen muchos enemigos, y que ellos proceden de una manera bastante
extraña. Desde hace un tiempo, hay personas que dicen que
nuestra ciencia espiritual está contaminada de un estrecho
cristianismo e incluso de jesuitismo. Pero también ocurre que
en forma increíble se procede a falsificar nuestra
ciencia. Un hombre que venía de América la acogió
dentro de cierto tiempo, tomó apuntes y luego, en forma
desfigurada, la llevó consigo a Norteamérica, donde
creó y publicó, en base a lo aquí acogido, una
"Teosofía Rosacruz". Admite haber aprendido de
nosotros muchas cosas, pero que después ha sido llamado por
los maestros quienes le enseñaron mucho más. Sin
embargo, negó haber aprendido de nosotros, lo profundo que él
había sacado de nuestros ciclos de conferencias (en aquel
entonces aún no publicadas). Ante lo que ocurre en
Norteamérica podemos mantenernos apacibles, igual que
Hil-lel, el Viejo; sin embargo, reproduciendo lo exteriorizado por
otros, se ha dicho que también en Europa existe una
cosmovisión rosacruz, pero de característica
estrecha y jesuítica, y que aquella nueva ciencia, ¡sólo
ha podido prosperar en la atmósfera pura de California!
Así proceden nuestros adversarios. Podemos contemplarlo con
indulgencia y hasta con compasión, pero no hay que cerrar
los ojos ante semejantes hechos. Preferiría no hablar de estas
cosas, pero al servicio de la verdad es necesario hacerlo, pues
hay que mirar las cosas con claridad. Hay gentes que justamente no
toleran lo que es de índole del Quinto Evangelio; y quizás
no hay odio más sincero que aquel que se ponía de
manifiesto en las críticas con respecto al misterio, también
perteneciente al Quinto Evangelio, de los dos niños
Jesús. El verdadero antropósofo observará
la justa actitud ante este Quinto Evangelio que se ha dado de
buena fe, y que no debe ser tratado irrespetuosamente. Con
semejantes verdades que se basan en la investigación
clarividente, tan necesaria para nuestro tiempo, nos hallamos ante el
dominio de la civilización de la época. Puede decirse
que, en el fondo, en nuestro tiempo existe un genuino anhelo de
espíritu; pero la gente es demasiado arrogante o de
capacidad insuficiente como para interesarse por el verdadero
espíritu. Ante todo hace falta suscitar el amor a la
verdad para poder oír el anunciamiento del espíritu.
En la actual cultura no existe tal grado de veracidad y, lo que es
peor, la gente no se da cuenta de ello. Mucho se habla hoy de
espíritu sin tener idea de su realidad. Existe, por ejemplo,
un hombre que ha ganado mucho prestigio, justamente porque siempre
habla del espíritu. Me refiero a Rudolf Eucken. Quien lea sus
libros encontrará que allí siempre se insiste en
¡espíritu, espíritu, espíritu! Es así
como hoy se habla del espíritu porque se es demasiado cómodo
o demasiado altanero para penetrar hasta las fuentes mismas del
espíritu. Sin embargo, estos hombres gozan de mucho prestigio;
y en nuestra época será difícil hacerse
comprender con relatos como los del Quinto Evangelio, tan
concretamente tomados de lo espiritual. Esto requiere seriedad y
veracidad interior. Uno de los últimos libros de Eucken
se titula: "¿Todavía podemos ser cristianos?"
Se compone de una larga serie de distintos capítulos donde se
habla, a través de muchos tomos, de alma y espíritu,
espíritu y alma. Pues se adquiere prestigio y fama, si se da
la impresión de saber algo de espíritu, y la gente
ni se da cuenta de la falta de veracidad. Hay un pasaje en que se
dice que la humanidad, ya no cree en demonios, y que ya no se puede
esperar que exista quien pueda creerlo. Y en otro pasaje del mismo
libro se da con la extraña frase: "Donde se tocan lo
divino y lo humano, se producen potencias demoníacas."
De modo que aquí habla de demonios, después de haber
expresado, en el mismo libro, lo que primero he citado. Debería
rechazarse semejante ciencia del espíritu que tan
groseramente falta a la verdad. Sin embargo, parece que nuestros
contemporáneos no se dan cuenta de esta falsedad. Es
preciso tenerlo en mente para comprender que debemos preparar
nuestro corazón, si queremos ser partícipes del
anunciamiento de lo espiritual y de la nueva vida espiritual que la
humanidad debe encontrar. Si por la ciencia espiritual tratamos de
unir el alma humana con el Cristo, hay poca esperanza de tener éxito
frente a la cultura de la época, si ella se contenta con ideas
que todos los sabios filósofos y teólogos difunden: la
creencia que ya antes de la venida del Cristo haya existido un
cristianismo. Ellos demuestran que el culto e incluso ciertos relatos
típicos ya antes, en Oriente, habían existido en
forma igual; y por ello esos teólogos afirman que el
cristianismo no es otra cosa que la continuación de lo que ya
había existido. Nuestros contemporáneos dan mucha
importancia a la literatura respectiva, sin saber cómo las
cosas se relacionan entre sí. Si se habla de la entidad
espiritual del Cristo que ha descendido a la tierra y que es venerada
dentro de los mismos cultos en que otrora han sido venerados los
dioses paganos y si, además, este hecho se emplea para
negar en absoluto la realidad del Cristo, se está
aplicando una lógica que se basa en lo siguiente: puesto que
el Cristo en cierto sentido empleó la vestimenta exterior de
los antiguos cultos, la gente no llega a reconocer que en realidad el
Cristo sólo se la ha puesto como una vestidura, y que es
el Cristo mismo el que se presenta en el marco de los cultos
antiguos. Tomemos entonces la suma de las bibliotecas y de las
actuales consideraciones científicas monistas: todo esto son
pruebas, e incluso pruebas veraces, del vestido exterior de la
entidad de Cristo. Y toda esta ciencia se acepta como profunda
sabiduría. Debemos tener presente este cuadro si queremos
acoger, no solamente con el intelecto sino con el sentimiento,
lo que como Quinto Evangelio se ha expuesto. Este Evangelio nos
quiere decir que con nuestra verdad debiéramos sentirnos
situados de la justa manera en nuestro tiempo, para ver que no es
posible hacer comprender al tiempo antiguo lo que como nuevo
mensaje debe venir. Según la palabra del Evangelio hemos
de decir: Con el pensar que hoy impera en la humanidad, no es posible
seguir la evolución espiritual. Por ello es menester
arrepentirse y cambiar el modo de pensar. Quienes no tengan
claramente presente lo que existe y lo que debe venir, no servirán
debidamente a lo que a la humanidad hace falta como ciencia
espiritual. (Para terminar este ciclo de conferencias, Rudolf
Steiner se despidió del auditorio con las siguientes
palabras:) Dar este Quinto Evangelio ha sido para mí un
sagrado deber. Y al despedirme de vuestro corazón y de vuestra
alma, expreso el deseo que el lazo que nos une haya quedado
estrechado por la investigación espiritual sobre el Quinto
Evangelio al que me siento íntimamente vinculado.
Apelando al más caluroso sentimiento de vuestro corazón
y vuestra alma, os digo: aunque físicamente tengamos que
estar separados por algún tiempo, quedaremos unidos y
sentiremos conjuntamente lo que tenemos que trabajar y lo que nos
exige el deber que en nuestro tiempo el espíritu impone
al alma humana. Aquello a que aspiramos progresará de la justa
manera por el trabajo de cada uno de vosotros. Con este deseo me
despido de vosotros, al concluir este ciclo de conferencias.
FIN
[1]
N. d. T. "traducido a nuestro idioma": debido a la
responsabilidad que la traducción de esta oración
involucra, insertamos el texto original alemán:
AUM. Amen!
Es walten die Ubel,
Zeugen sich losender
Ichheit,
Von andern
erschuldete Selbstheitschuld,
Erlebet im taglichen
Brote,
In dem nicht waltet
der Himmel Wille,
Da der Mensch sich
schied von Eurem Reich
Und vergass Euren
Namen.
Ihr Vater in den
Himmeln.
[2]
La colocación de la piedra fundamental del primer Goethe
anum en Dornach (Suiza), sede central de la Sociedad Antroposófica
General, había tenido lugar el 20 de septiembre de 1913; dos
semanas antes de esta conferencia.
[3]
N. del Tr. Lo aquí expuesto alude a la necesidad de crear en
el mundo un nuevo orden social. Los problemas de convivencia
humana, desde todos los tiempos, y ahora en forma más
pronunciada, en gran parte tienen su origen en el concepto que
se tiene del dinero y en el uso que del mismo se hace, contrario a
las leyes que desde un punto de vista espiritual le son inmanentes.
Naturalmente, se trata de un tema que requiere un estudio
exhaustivo.